Todos tenemos cuadernos preciosos con solo cinco páginas escritas. El diario que duró un enero. La libreta de aquel viaje. El cuaderno «bueno» que daba pena estrenar y luego dio pena continuar.
Solemos contarlos como derrotas pequeñas, y quizá sea al revés: cada cuaderno empezado es la prueba de que otra vez creíste posible una versión más atenta de ti. Cinco páginas de enero valen algo que ninguna agenda completa tiene: el entusiasmo puro del que empieza.
Los museos guardan con honor los cuadernos inacabados de los artistas y nadie los llama fracasos: los llaman proceso.
Así que no tires los tuyos, ni los termines por obligación. Déjalos ser lo que son: puertas que abriste. Y cuando compres el siguiente —porque lo comprarás—, estrénalo sin ceremonia, en la página uno, con la fecha de hoy. Empezar también es un género literario.