← Todas las lecturas

Curiosidad · Del catálogo de Margen

La lata se inventó en 1810 y el abrelatas, en 1858

Tamara entró de prácticas en el laboratorio de la conservera en septiembre, y la primera semana me hizo una pregunta que no me había hecho nadie en tres años: «¿Y antes del abrelatas cómo se abrían?». Le dije que con un abrelatas más feo. Qué va: entre la lata y el abrelatas pasaron casi 50 años.

Esa noche lo busqué, porque me picó. La lata la patentó un inglés, Peter Durand, en 1810. En 1813 ya había en Londres una fábrica llenándolas para la Marina británica, que necesitaba comida que aguantara meses en un barco. Hasta ahí, normal.

El abrelatas lo patentó Ezra Warner, de Waterbury, en Connecticut, el 5 de enero de 1858. Número 19.063, lo tengo apuntado en el móvil. O sea, que durante todo ese tiempo la gente compró latas sin nada pensado para abrirlas.

Bueno, algo había. Las instrucciones venían en la propia lata: cortar alrededor de la tapa, cerca del borde, con cincel y martillo. Con martillo. Para comer guisantes.

Y lo del martillo iba en serio. Aquellas latas eran de hierro y algunas tenían 3/16 de pulgada de grosor, casi 5 milímetros. Las que abrimos aquí cada mañana para medir la sal son de chapa de menos de medio milímetro: aquellas eran diez veces más gruesas. Con un cuchillo no hacías nada.

El invento de Warner tampoco era una maravilla. Una cuchilla curva con mango que clavabas en la tapa y llevabas alrededor a base de fuerza. El ejército de Estados Unidos lo usó en la guerra de Secesión, y en muchas tiendas era el dependiente quien te abría la lata en el mostrador, para que no te rebanaras un dedo en casa. Ir a por atún y que te lo abran delante, como quien te corta el jamón.

La primera con una ruedecita que corta girando la patentó William Lyman en 1870, 60 años después de la primera lata, y había que clavarla en el centro de la tapa. La que tienes en el cajón, con su segunda rueda dentada que agarra el borde, es de 1925.

Yo aquí no diseño envases, solo los analizo. Pero aquí un envase que no se sabe abrir no sale ni de la mesa de pruebas. Durand vendió su patente así, sin abridor, y se la compraron.

Se lo conté a Tamara al día siguiente. Me escuchó hasta el final, cogió una lata de mejillones recién salida de la línea, tiró de la anilla sin mirarla y me ofreció uno.