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Relato · Del catálogo de Margen

Ainara me pide que me quede diez minutos más

—Diego, quédate diez minutos.

Ainara me lo dijo un martes a las seis menos veinte, con la puerta de la tienda abierta y sin mirarme. Yo salgo del almacén a las cinco y media, cruzo la rotonda del polígono, me tomo el café de máquina en su gasolinera y cojo el bus de las 05:52. Es lo que hago desde marzo. Nunca me había pedido nada.

Le dije que no podía, que si pierdo ese bus el siguiente pasa a las 06:40. Ella dijo que vale y se puso a ordenar las bolsas de hielo.

Al día siguiente me esperaba con un rollo de tickets en la mano.

—Mira esto.

Eran cuatro tickets del surtidor 4. Los cuatro de esa misma madrugada, entre las 04:51 y las 04:53. Cuatro tarjetas distintas, las últimas cuatro cifras diferentes en cada uno. Y los cuatro con el mismo importe.

0,00 €.

Le pregunté si eso lo hacía la máquina sola. Me dijo que no, que una prueba del taller sale marcada como prueba y la firma el técnico. Esto eran cobros. Cobros de nada.

—Será la central, probando —dijo.

—Nadie prueba una máquina cuatro veces con cuatro tarjetas distintas en dos minutos.

Ainara tiene 20 años y entra sola a las diez de la noche. A partir de esa hora la tienda está cerrada y se atiende por el torno, el cajón de metal que gira. La gasolinera es de autoservicio hasta las seis. Ella está ahí dentro por si algo falla, para hacer el inventario y porque el convenio dice que tiene que haber alguien.

Esa noche acabamos antes y salí a las 05:10. En vez de cruzar por la rotonda fui andando por el otro lado de la carretera, por el arcén, para ver el surtidor 4 desde lejos.

Había un coche.

Luces apagadas. Motor apagado. Dentro había alguien con la cara iluminada por un móvil, muy quieto, y la manguera colgaba en su sitio, sin tocar. Llegué a la altura de la valla haciendo ruido con la mochila. Cuando puse un pie en el hormigón de los surtidores, el coche arrancó y salió por el acceso de camiones, el que da al polígono viejo. Me quedé con la matrícula porque llevaba pegado el adhesivo de una empresa de alquiler.

El viernes fui con una idea. Le pedí los tickets de la semana y los contamos en el mostrador, apoyado yo en el cristal y ella al otro lado, apuntando las horas en el dorso de un albarán.

Once tarjetas. 0,00 € las once. Todas del surtidor 4, que queda detrás del cartel de precios y es el único que no entra en la cámara de la entrada. Y todas, las once, entre las 04:38 y las 05:24.

Lo busqué en el bus de vuelta, con el móvil al 11 %. Tiene nombre y la gente que lo hace lo llama probar. Si compras una lista de números de tarjeta robados, no sabes cuáles están vivos. Para averiguarlo necesitas una operación que no cobre nada y que obligue al banco a contestar sí o no, y un surtidor de autoservicio hace justo eso antes de darte gasolina. Pregunta, respuesta, cero euros. Las que contestan sí sirven para gastarlas mañana en otro sitio.

Eso lo entendí el viernes y me pareció que mi parte ya estaba hecha. Que era un asunto de la central, del banco y de la policía, y que yo solo había puesto el dedo encima.

Me traje la foto del albarán en el móvil y el sábado la miré por otra cosa, por una tontería del inventario, y vi lo que llevaba delante toda la semana.

No había ni un ticket los días que yo había salido antes.

El lunes cerramos el almacén a las 04:30 porque faltaba un camión, y como del polígono no sale nada hasta las 05:52, me pasé esa hora y pico sentado en el bordillo de los surtidores con el café. Cero tickets. El jueves de la semana de antes hubo recuento, me fui a las tres y me quedé ahí dentro con ella hasta el bus. Cero tickets también. Los gordos son los del sábado y el domingo, cuatro y tres, las dos noches en que yo no trabajo y ella entra igual. Los otros cuatro son los que me enseñó ella, los del miércoles de madrugada. Y los once caben entre las 04:38 y las 05:24, que es justo el hueco en que el hormigón está vacío, porque yo no llego hasta las seis menos veinte.

Mirando los días, el coche aparecía exactamente en el hueco en que no había nadie fuera. Y se iba cuando aparecía alguien.

Se lo dije el domingo, que me acerqué aunque no me tocaba. Le enseñé el montón ordenado por días, con las horas apuntadas en el albarán, y esperé a que se sorprendiera.

No se sorprendió.

—Ya lo sé —dijo—. Lo sé desde el segundo día.

Le pregunté por qué no lo había dicho. Y me contó la parte que no estaba en ningún ticket.

La primera noche que vio el coche ahí parado, con el motor apagado y sin que nadie saliera, hizo lo que le habían enseñado. Apretó el botón del interfono del surtidor 4 y preguntó si necesitaba ayuda con el pago.

El hombre contestó. Contestó por el altavoz, tranquilo, sin prisa, y dijo:

—No, Ainara, gracias.

Su nombre lo lleva en la chapa del uniforme. Es una chapa de plástico, con letras blancas de un centímetro, y se lee desde el mostrador si estás al otro lado del cristal. Desde un coche parado a 40 metros, de noche, con las luces apagadas, no se lee.

Ainara apagó el interfono y estuvo hasta las seis sin salir de la trastienda. No llamó a la central porque la central manda un vigilante tres noches, hace un informe y después quita el turno de noche entero, y ella necesita ese turno hasta enero. No llamó a la policía porque, me dijo, qué les cuento, que un señor sabe cómo me llamo.

Le dije que eso era exactamente lo que había que contar. Que lo de las tarjetas es lo que a la central le va a importar, porque cuesta dinero, pero que lo otro iba en la primera línea.

El lunes empecé a salir del almacén a las 04:40 aunque no me toque. Iker, el del turno de mañana, entra antes y me cubre esos cincuenta minutos sin preguntarme por qué. Me quedo con ella hasta que cierra a las seis, así que pierdo el bus de las 05:52, cojo el de las 06:40 y llego a Terrassa a las siete y media.

Ainara ya ha mandado los tickets a la central. Dos veces. La segunda, con la foto de la matrícula y con la hora del interfono, que queda grabada en el sistema aunque nadie la escuche.

Once tarjetas, un coche de alquiler y una chapa de plástico que a 40 metros no se lee. Eso es todo lo que tenemos.

El viernes siguiente, cuando me iba, me paró en la puerta.

—El lunes entro yo sola otra vez —dijo—. ¿A qué hora dices que pasa tu bus?