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Por capítulos · Las 96 colmenas de Sorbeda · Del catálogo de Margen

Noventa y seis colmenas y once sin una gota de miel

Las noventa y seis colmenas estaban en la ladera norte de Sorbeda, en cuatro filas de veinticuatro, y a Elsa Trigo le quedaban dieciocho días para decidir qué hacía con ellas. El camión de la trashumancia subía el día 30.

Llegó a las siete de la mañana con el mono puesto y el ahumador cargado de piñas verdes. No había visto aquel colmenar en su vida. Su tío Ovidio Trigo, hermano de su padre, había muerto en febrero en un hospital de Ponferrada, y ella se enteró por una carta del notario que empezaba con «estimada heredera» y seguía con una lista de bienes donde las colmenas ocupaban un solo renglón: noventa y seis colmenas Langstroth, asentamiento de Sorbeda, en producción.

En producción. Eso era lo que ponía.

—Yo tengo llave del portillo, pero de abejas no entiendo nada —dijo Amaro Cid, el veterinario de la comarca, un hombre de sesenta años con las botas llenas de barro seco—. Su tío no dejaba que se le acercara nadie aquí arriba. Ni yo.

Elsa encendió el ahumador y empezó por la primera fila. Abrió la uno. Cuadros llenos, abejas mansas, la reina marcada en azul del año que le tocaba. Abrió la dos, la tres, la cuatro. Miel operculada hasta el borde, el peso justo, la colonia fuerte y sin rastro de varroa, que es el ácaro que arruina un colmenar en dos temporadas. A la séptima ya iba deprisa, con esa alegría tonta de encontrarse un trabajo bien hecho por alguien a quien no llegaste a conocer.

—Están mejor que las mías —dijo—. Este hombre sabía.

Amaro no contestó. Se había quedado dos pasos atrás, con las manos en los bolsillos, mirando la cuarta fila.

Elsa siguió. La ocho, la nueve, la diez. En la once encontró un panal de zángano que habría que recortar, y lo apuntó en la libreta con el lápiz que llevaba detrás de la oreja, como su padre. Iba por la mitad de la segunda fila cuando notó lo primero raro: la doce no tenía tráfico. En una mañana de agosto, a las nueve y media, una colmena en producción tiene una fila de pecoreadoras entrando y saliendo por la piquera como un aeropuerto pequeño. La doce estaba quieta.

—Esta se ha quedado sin reina —dijo, más para sí que para el veterinario.

Levantó el techo. No zumbó nada. Retiró el entretapa y se quedó con él en la mano más tiempo del necesario.

Dentro no había cuadros.

En el hueco donde tenían que estar los diez cuadros de la cámara de cría había una caja de madera clara, encajada al milímetro, ocupando el volumen entero de la colmena. No era una caja improvisada: alguien la había hecho a medida, con las esquinas ensambladas a cola de milano y las juntas selladas con cera de opérculo, la misma cera blanca con la que las abejas tapan la miel. Estaba limpia. No tenía polvo, ni telarañas, ni el barniz de propóleo que lo cubre todo dentro de una colmena viva.

Elsa la sacó con las dos manos. Pesaba poco, dos kilos y medio a lo sumo, y al moverla sonó por dentro como suena un saco de arroz.

—Amaro.

El veterinario tardó en acercarse. Cuando lo hizo, no miró la caja: miró la fila.

En la tapa, grabados a fuego, había dos números separados por una barra.

1 / 11

Elsa dejó la caja en la hierba y fue colmena por colmena por la segunda y la tercera fila, levantando techos, sin ahumar siquiera, contando. La quince estaba quieta. La veintitrés. La treinta y uno. Todas las que no zumbaban tenían dentro la misma caja de madera clara sellada con cera, y todas llevaban su número grabado en la tapa: 2 / 11, 3 / 11, 4 / 11. Cuando terminó la tercera fila tenía las once localizadas y anotadas en la libreta, con la posición exacta de cada una, y las manos manchadas de cera vieja.

Se sentó en el suelo, de espaldas al colmenar, y miró la caja número 1 que seguía en la hierba.

—Usted sabía que estaban aquí —dijo.

—Yo sabía que había once colmenas que su tío no dejaba tocar a nadie —contestó Amaro Cid—. Lo de las cajas no lo he visto nunca.

Elsa sacó la navaja del bolsillo del mono. La cera de opérculo cede sin ruido, como una vela tibia; se corta de un solo pase y no se rompe. Pasó la hoja por las cuatro juntas, dio la vuelta a la caja y levantó la tapa.

Dentro no había papeles, ni dinero, ni nada de lo que había imaginado en los cuatro segundos que tardó en abrirla.

Había semillas. Cientos de semillas pequeñas, marrones y secas, y encima de ellas, doblada en cuatro, una etiqueta de cartón de las de vivero, escrita a lápiz con una letra grande y cuadrada, la misma letra de la libreta que Elsa acabaría encontrando dos días después.

La etiqueta decía un nombre y un año: *Peral de invierno de Sorbeda. 1994.*