
Primero, sacudir la arena de las sábanas como quien despide a un animal pequeño.
Cubrir los muebles con fantasmas de algodón. Vaciar la nevera de su última luz.
Dejar las conchas en el alféizar: son la calderilla del mar, y aquí se queda lo que el mar ha pagado.
Cerrar las persianas despacio, lama a lama, hasta que la casa aprenda a dormir a oscuras.
Echar la llave dos veces. Una por la puerta. Otra por agosto.
Y no volverse: la persona que fuimos este verano se queda dentro, descalza, guardándonos el sitio.