A las tres de la mañana la lavadora entra en centrifugado y toda la casa aplaude.
Es el único que trabaja a esta hora: un corazón de hojalata dándole vueltas a lo nuestro, agua y jabón para la ropa que mañana fingirá que no ha pasado nada.
Yo tampoco duermo. Centrifugo: le doy vueltas a una frase de ayer, la aclaro, la escurro, la vuelvo a manchar de pensarla.
Deberíamos poder meternos así, programa corto, cuarenta grados, y salir limpios y arrugados, oliendo a azahar sintético, listos para que alguien nos tienda al sol.
La lavadora acaba con tres pitidos. Ella sí sabe terminar las cosas.