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Microrrelato · Del catálogo de Margen

El traductor

Me contrataron para traducir unas tablillas de una lengua muerta hace cuatro mil años. Nadie la hablaba desde antes de Roma. Trabajaba solo, de noche, con guantes y lupa, avanzando una línea por día.

Eran textos administrativos: cosechas, deudas, listas de grano. Lo de siempre. Hasta la tablilla catorce.

«Al que lee: sabemos que estás ahí.»

Lo atribuí a una fórmula ritual. Seguí. La quince corregía mi trabajo: «La palabra que tradujiste ayer como 'cosecha' significa 'espera'.» La dieciséis era más corta: «Nos quedamos sin arcilla. Contesta.»

Esa noche, riéndome de mí mismo, escribí en un papel: «¿Quiénes sois?», y lo dejé sobre las tablillas antes de apagar la luz.

Por la mañana, el papel seguía intacto. Qué alivio, qué ridículo me sentí.

Hasta que llegué a la tablilla diecisiete, catalogada hace un siglo, fotografiada en 1923, expuesta en tres museos.

«Somos los traductores —decía—. También creíamos estar traduciendo.»