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Relato · Del catálogo de Margen

Calza un 41 en un pie y un 44 en el otro

—Un cuarenta y uno el izquierdo y un cuarenta y cuatro el derecho.

—¿Me lo repite?

—Cuarenta y uno el izquierdo. Cuarenta y cuatro el derecho.

—¿Desde cuándo?

—Desde el setenta y ocho. Se me vino encima media jácena, la viga gorda, en la obra del instituto, y el pie derecho no volvió a entrar en su número.

—Y usted es...

—Prudencio Carriedo. Albañil, jubilado desde el catorce.

—Benilde Lasheras. Esta zapatería es mía desde 2003.

—Lo sé. Antes era de su padre.

—Era de mi tío. Mire, Prudencio, yo no puedo romper un par.

—Eso me han dicho en cuatro sitios.

—Y no es por antipatía. Un par roto se queda ahí para siempre: a mí me sobran entonces un cuarenta y uno derecho y un cuarenta y cuatro izquierdo que no le valen a nadie.

—A alguien le valdrán.

—A alguien que tenga los pies justo al contrario que usted. Y alguien así no entra todos los días.

—Comprar dos pares es lo que hago siempre. Me pongo el cuarenta y uno de uno, el cuarenta y cuatro del otro y los dos que sobran los tiro.

—¿Los tira?

—Los tiro. ¿Qué quiere que haga?

—¿Cuántos pares gasta al año?

—Uno. Dos cuando estaba en la obra.

—Siéntese ahí, en la banqueta.

—Si no hace falta que...

—Siéntese, que yo me agacho mal. ¿Ve esa libreta de arriba, la gorda, la de las gomas?

—La veo.

—Ahí dentro está cada par que se me ha descabalado en veintitrés años, apuntado por modelo y por horma, que es el molde del pie. Sesenta y un zapatos sueltos.

—Sesenta y uno.

—Los que se quedan solos cuando a un par le pasa algo. Una suela que se quema en el escaparate con el sol de agosto, un cliente que se lleva uno a probar y no vuelve. Los tengo colgados por los cordones en el almacén del fondo, por años, porque una o dos veces al año entra alguien con un pie y medio y la mitad de las veces lo tengo.

—¿Y hoy lo tiene?

—Espere y no se levante.

—...

—Aquí. Cuarenta y uno izquierdo y cuarenta y cuatro derecho, mismo modelo y misma horma. El derecho es marrón y el izquierdo es marrón un poco más oscuro.

—¿Cuánto más oscuro?

—Lo justo para que lo vea usted y no lo vea nadie más. Les faltan las dos tapas, los tacos del tacón, y una suela hay que pegarla: eso se lo hago yo esta tarde.

—Benilde.

—Un par. Le cobro un par.

—¿Y los dos que sobran?

—Hoy no sobra ninguno. Mire la línea de arriba de la libreta.

—...

—Léala en voz alta, que yo ya me la sé.

—Teodoro Alcaine. Molino de aceite. Cuarenta y cuatro el izquierdo, cuarenta y uno el derecho. Nueve años.

—Le cobro un par, Prudencio.

—Benilde, Teodoro y yo nos sentamos juntos en la barra todos los domingos.

—Ya lo sé.