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Relato · Del catálogo de Margen

Luzdivina gana el pleito y el colegio ya está tirado

Lo cuento yo porque el lunes trece, a las siete de la mañana, yo era el que sobraba y todavía no lo sabía.

Me llamo Nicanor Pelayo, tengo treinta y un años y soy el conserje del colegio Fuente Grande: doscientos doce niños, dos plantas y un patio con una rampa que se hiela. Mi trabajo empieza a las siete: abro la verja, enciendo la calefacción, subo las persianas del comedor y quito el hielo de la rampa con sal gorda, porque a las nueve suben por ahí los de tres años agarrados de la mano.

Aquella mañana, cuando llegué con la bici, había una mujer esperando en la verja. Llevaba una bolsa de deporte, un termo y una bata azul doblada encima del brazo, de las de trabajar, con un nombre bordado en el bolsillo.

—Buenos días. ¿Abre usted?

—Abro yo.

—Luzdivina Quintanilla. Conserje del colegio de Valdenoceda.

—Valdenoceda ya no está —le dije.

—Lo sé. Pasé ayer por el solar.

El colegio de Valdenoceda lo tiraron en agosto. Era un edificio de 1964 con sesenta y ocho niños y cuatro aulas, y lo que hay ahora es un solar con una valla metálica, un cartel de la obra y un montón de grava donde estaba el patio. A los sesenta y ocho niños los trajeron aquí, a Fuente Grande, que está a cuatro kilómetros por la carretera de la presa. Por eso tengo doscientos doce y no ciento cuarenta y cuatro.

—Entonces, ¿a qué viene?

—A trabajar.

Dejó el termo en el mostrador de la entrada, al lado del libro de visitas, y puso dos tazas de loza boca abajo, una a cada lado.

—¿Y eso?

—Yo siempre he traído dos tazas —dijo—. Una para quien abre conmigo.

A Luzdivina Quintanilla la despidieron en marzo de hace dos años por una cosa que no tengo que contar yo, porque la contó un juzgado y lo contó entero: el despido era nulo. La sentencia salió en diciembre. Readmisión en su puesto de trabajo, los salarios de los veintidós meses y la obligación de presentarse el primer día laborable siguiente a la notificación.

La notificación le llegó el viernes a las dos de la tarde.

—Me he leído el papel cuatro veces —me dijo, mientras yo abría la caja de los fusibles—. Pone el colegio. No pone el ayuntamiento, no pone el municipio y no pone la plaza. Pone el colegio.

—Y el colegio no existe.

—El colegio existe donde estén los niños. Y los niños están aquí.

Lo dijo sin levantar la voz y sin mirarme, mirando el pasillo, y yo me acordé de que ese pasillo lo había pintado yo en agosto para que cupieran los de Valdenoceda.

Araceli Villacampa, la directora, llegó a las siete y cuarenta, que es media hora antes de lo suyo, y supe que venía por esto porque traía el coche aparcado en la acera y no en la plaza.

—Buenos días, Luzdivina.

—Buenos días, Araceli.

Araceli nos hizo pasar al despacho y no se sentó en su silla, se sentó en la de los padres, que es una cosa que hace cuando lo que va a decir no le gusta.

—He tenido todo el fin de semana para mirarlo y no he encontrado la salida. Os lo cuento como está, que es lo único que sé hacer.

Y nos lo contó como estaba.

El ayuntamiento recurrió el despido dos veces y lo defendió veinte meses, con un abogado contratado, Olegario Rebollo, que presentó el último escrito en noviembre. El cierre de Valdenoceda lo decidió el mismo pleno que pagaba el pleito, en marzo del año pasado, con los mismos concejales en la misma sala, dos puntos más abajo del orden del día. Olegario Rebollo firmó el escrito de noviembre sin haber mirado aquel punto. Cuando le llegó la notificación, el puesto llevaba cinco meses siendo grava.

—¿Y entonces? —dije yo.

—Entonces hay una plaza de conserje para doscientos doce niños, y la plaza es la tuya. Y hay una sentencia firme que dice que es de ella.

—Yo soy interino —dije.

—Tú eres interino y ella tiene una sentencia. Si yo mañana te mando a casa, lo que pasa es que a ti te despiden sin motivo y empiezas otro pleito como el de ella, con el mismo abogado enfrente. Y si no la siento a ella, el que incumple una sentencia es el ayuntamiento, otra vez.

Luzdivina no había dicho nada desde que entramos. Tenía la bata encima de las rodillas, doblada igual que en la verja.

—Araceli, yo no he venido a quitarle el trabajo a nadie.

—Lo sé.

—Yo he venido porque si no vengo hoy, pierdo la sentencia. Lo pone el papel. Primer día laborable.

—Lo sé, Luzdivina. Y si vienes, él se queda sin la nómina de este mes. Eso también lo pone, aunque no esté escrito en ningún sitio.

Y ahí nos quedamos los tres, en el despacho, con una hora para que llegara el autobús de Valdenoceda.

Yo tengo una hija de tres años que va al aula de la planta baja de este mismo colegio, a cuarenta metros de donde estábamos sentados. Pago seiscientos diez euros al mes por un piso en la carretera. Entré aquí en agosto del año pasado, con contrato y con nómina, y era la primera vez que me pasaba: antes estuve seis años en campañas, dos meses aquí, tres meses allá. Cuando Araceli dijo «la plaza es la tuya», yo supe exactamente cuánto dinero había en esa frase, y no pensé en Luzdivina ni medio segundo. Pensé en la nómina.

Luego ella abrió el termo.

Lo abrió sin pedir permiso, en medio de la reunión, porque llevaba desde las seis y media de pie y porque es lo que hace una conserje a las ocho menos diez. Y el olor de ese café me colocó la memoria entera de golpe, en orden y sin avisar.

Mi madre se llama Fidela y limpió el colegio de Valdenoceda desde 2001 hasta que se operó de la cadera, en 2016. Entraba a las seis y cuarenta, y yo iba con ella desde los siete años hasta los once porque no había con quién dejarme, y me sentaba en el primer pupitre del pasillo con un cuaderno hasta que abrían.

A las seis y cuarenta ya había luz en la conserjería y había café. Nunca pregunté quién lo hacía. Mi madre decía «la conserje», y la conserje era una señora que me quitaba el abrigo mojado y lo ponía encima del radiador del pasillo para que a las nueve estuviera seco, y que tenía un termo con dos tazas porque mi madre no se traía taza de casa.

—Usted le quitaba el abrigo a un crío en el pasillo —dije.

Luzdivina paró de servir.

—Yo le he quitado el abrigo a muchos críos en ese pasillo.

—A mí. Yo soy el hijo de Fidela Pelayo, la que limpiaba.

Se quedó con el termo en la mano y lo dejó en la mesa de Araceli sin soltarlo del todo.

—Tú eras el del cuaderno.

—Yo era el del cuaderno.

Yo seguía teniendo una hija de tres años y seiscientos diez euros de alquiler. Lo que cambió fue que dejé de poder pensarlo como un problema mío, y eso, a las ocho menos cuarto de un lunes, es un cambio enorme y muy incómodo.

—Araceli —dije—. ¿Se puede partir?

Araceli levantó la cabeza.

—¿Partir qué?

—La plaza. Media jornada ella y media jornada yo.

—Podría. Es lo único que se puede hacer sin que nadie incumpla nada. —Lo dijo despacio, porque lo había pensado el domingo y no se había atrevido a proponerlo—. Pero es media nómina para cada uno y lo tenéis que aceptar los dos por escrito, hoy, antes de las nueve. Y os lo tengo que decir claro: es el menos malo de los arreglos que caben. A ti te quita la mitad del sueldo y a ella le quita media sentencia.

—Yo abro —dijo ella—. Que a mí lo de las seis y media ya lo tengo hecho.

—Y yo cierro —dije—. Que yo tengo que recoger a la niña a las cinco.

Araceli nos miró a los dos y entonces sí se levantó y se fue a su silla, que es de donde se firma.

A las nueve menos diez llegó el autobús de Valdenoceda con los sesenta y ocho. Luzdivina se puso la bata en el pasillo, se abrochó los tres botones y salió a la rampa a echar la sal antes de que yo cogiera el saco.

A las nueve en punto, con los niños ya dentro, se limpió las manos en la bata y se quedó mirando la verja.

—Mañana la rampa la echo yo —dijo—. Tú no madrugues, que a las cinco tienes que estar en la puerta de tu hija.