← Todas las lecturas

Relato · Del catálogo de Margen

Le reclaman 14.800 euros por veintitrés días de hospital

4 de noviembre. La carta llegó con el membrete de la consejería y un número de expediente de doce cifras: 14.800,32 euros a devolver. Arriba decía «expediente de reintegro». La leí tres veces de pie en el portal antes de entender que el dinero que me reclaman es exactamente el mismo dinero que me pagaron, y que me lo reclaman por los días que mi madre pasó ingresada.

Veintitrés días. Del 2 al 24 de agosto del año pasado. Planta cuarta, habitación 412, cama de la ventana.

5 de noviembre. He bajado al centro de salud y me ha atendido Sixto Berdún, el trabajador social, que lleva ocho años firmándome informes. Me ha explicado la lógica del asunto con una franqueza que le agradezco. La prestación que cobro, trescientos ocho euros con treinta y cuatro al mes, es para quien cuida de un familiar en su casa. La administración entiende que, si mi madre está en el hospital, quien la cuida es el hospital. Veintitrés días ingresada son veintitrés días sin cuidadora en casa.

Le he dicho que yo esas noches dormí allí, en la 412. Me ha dicho que lo sabe, que lo vio, que me subió un café el día doce. Y luego me ha dicho la frase que describe mejor que ninguna otra el sitio donde estoy: «Yo puedo poner por escrito que estabas. Lo que no puedo es poner que eso sirva.»

7 de noviembre. He ido a la unidad de valoración con la carpeta. La instructora del expediente se llama Elvira Narbona y no tiene ninguna gana de arruinarme; tiene ganas de cerrar bien un expediente, que es otra cosa y a veces es peor.

Me ha explicado dos puntos. El primero me ha hundido. No me reclaman los veintitrés días: me reclaman los cuatro años. El convenio exige cuidado continuado, y la administración sostiene que esos veintitrés días rompieron la continuidad; roto el requisito, lo cobrado desde el principio queda indebido. Trescientos ocho con treinta y cuatro por cuarenta y ocho meses son catorce mil ochocientos euros con treinta y dos céntimos. La cuenta la hizo un programa y es correcta.

El segundo punto es una puerta. Existe una excepción: la hospitalización del dependiente no interrumpe la continuidad si se comunicó a la administración. Tengo hasta el 28 de noviembre para alegar.

9 de noviembre. He pasado el día con las cajas. Mi madre, Obdulia Zurita, ochenta y seis años, fue lavandera de hotel treinta y un años, de los de sábana a mano y plancha de nueve kilos, y tiene las manos de haberlo sido: los dedos no cierran del todo. Cuando le preguntas por aquel trabajo dice que el hotel era bueno porque daban desayuno. Esta tarde, mientras le cortaba las uñas, me ha preguntado si nos íbamos a quedar sin la paga. Le he dicho que no. No sé por qué se lo he dicho.

Yo fui costurera de taller hasta los cincuenta y cuatro. De aquello me queda una manera de mirar los papeles: antes de coser, se hilvana. Antes de contestar a la consejería, hay que saber qué pieza va encima de cuál.

12 de noviembre. Victoria pequeña. En admisión del hospital me han dado la hoja de acompañante de agosto. Veintitrés noches, con mi nombre y mi documento de identidad escritos por la enfermera de cada turno, y en tres de ellas una letra que no es la mía porque yo estaba dormida y firmó la supervisora. Está todo. Existe por escrito que yo pasé allí esas noches.

13 de noviembre. No sirve de nada y ya sé por qué. He vuelto a leer la excepción con calma. No pide demostrar que el familiar estuvo en el hospital. Pide que la hospitalización se comunicase a la administración en el plazo de treinta días. En agosto del año pasado yo no comuniqué nada. Estaba en la 412.

He llamado a Sixto y se lo he dicho con la voz que se me pone cuando no quiero llorar por teléfono. Me ha pedido veinticuatro horas.

15 de noviembre. He hecho la cuenta que llevaba dos días evitando. En la cartilla tengo dos mil cien euros. Elvira me explicó que la devolución se puede fraccionar en dieciocho meses: son ochocientos veintidós euros con veinticuatro al mes, contra una paga de trescientos ocho con treinta y cuatro. No sale ni dejando de comer.

Lo que sale es el piso de mi madre en Tordehúmedo, cuatro ventanas podridas y un tejado que todavía aguanta, que un hombre de Ávila se ofreció a tasar en marzo. Esta noche he abierto la carpeta de las escrituras y la he vuelto a cerrar sin sacar nada.

Mi madre ha preguntado dos veces por la paga. Le he contestado dos veces que no pasa nada.

17 de noviembre. Sixto ha tardado cuatro días en vez de uno y ha vuelto con algo. La comunicación sí se hizo. No la hice yo: la hizo la unidad de trabajo social del propio hospital el 5 de agosto, como hace siempre con los ingresos de personas con grado reconocido. Hay registro de salida y hay número.

Entonces, le he preguntado, ¿por qué no está en mi expediente?

Porque no entró en mi expediente. Entró en otro.

19 de noviembre. Confirmado esta mañana en el mostrador, y tardaron dos minutos en verlo cuando por fin miraron los dos a la vez. Mi madre existe dos veces. Tiene dos números de historia clínica: uno de cuando el pueblo dependía del área de salud antigua y otro de después de la reorganización de 2011. El mismo nombre, la misma fecha de nacimiento, el mismo documento, dos carpetas.

Cómo se duplica una persona cabe en tres frases y es más tonto de lo que parece. En 2011, al unir las áreas, los pacientes se volcaron de un sistema a otro cruzándolos por el número del documento de identidad. En la ficha vieja de mi madre ese número tenía un dígito mal escrito desde 1974. El programa no reconoció a la misma mujer y le abrió carpeta nueva.

Así que desde hace quince años hay dos Obdulias Zurita con la misma fecha de nacimiento: una cobra y la otra se pone enferma.

La prestación cuelga de un número. La comunicación del hospital entró por el otro. Elvira Narbona no vio nunca esa comunicación porque, desde su pantalla, no existe: está en una mujer que tiene el nombre de mi madre y no es mi madre.

21 de noviembre. He escrito la alegación como se monta un patrón. Treinta y nueve documentos numerados, cada uno con su etiqueta, y un índice delante que explica en seis líneas lo que tardé dos semanas en entender: que el requisito que me acusan de incumplir lo cumplió el hospital en plazo, y que el papel se perdió dentro de la propia administración porque la administración tiene a mi madre duplicada.

Mi madre me ha preguntado si eso lo arregla alguien. Le he dicho que lo del dinero sí.

24 de noviembre. Entregado en el registro a las once y veinte. Cuarenta y una páginas. La funcionaria del registro me ha puesto el sello en mi copia y me ha dicho, sin levantar la cabeza, que me guarde esa copia mejor que el original.

26 de noviembre. Nada.

27 de noviembre. Ha llamado Elvira Narbona a las nueve y diez. Dice que la comunicación del 5 de agosto es válida y que la excepción se aplica: la continuidad no se rompió y los cuatro años están bien cobrados. Pero la excepción corre desde la fecha de la comunicación, y mi madre ingresó el día 2. Quedan fuera tres días: 2, 3 y 4 de agosto.

Le he preguntado cuánto son tres días.

28 de noviembre. La resolución entró esta tarde con el mismo membrete. Donde antes decía catorce mil ochocientos euros con treinta y dos céntimos ahora dice treinta euros con ochenta y tres céntimos. Diez euros y veintisiete céntimos y pico por día, tres días, redondeado a la baja a favor de la interesada.

Los he pagado con el móvil, de pie en la cocina, antes de que se me enfriara el café. Luego he subido a contárselo a mi madre y se ha reído, que es algo que hace poco.

Y lo último que dijo Elvira Narbona al teléfono, antes de colgar, lo escribo tal cual: «El expediente queda en treinta euros con ochenta y tres. Y a su madre la junto yo mañana en un formulario de ocho casillas, que es lo que costaba desde el principio.»