
Te lo dijeron en el borde de la piscina, con el bocadillo todavía en la mano: dos horas sin meterte. En algunas casas eran noventa minutos, en otras tres horas y en otras hasta que se te fuera el color de la cara. Nadie te explicó de dónde salía la cifra, y la cifra no salió de ningún hospital.
El primer rastro está en un manual scout de 1908, y las dos horas que has heredado tú las fijó la nadadora australiana Annette Kellerman en su libro How to Swim, de 1918.
Cuando alguien se puso por fin a buscar los casos, no aparecieron. El consejo asesor científico de la Cruz Roja estadounidense revisó en 2011 la evidencia disponible sobre nadar después de comer, no halló nada que relacionara el haber comido con el ahogamiento y clasificó la recomendación como mito. La Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias lo suscribe. El «corte de digestión», tal y como lo cuenta la gente, no existe.
La teoría popular tiene una lógica aparente, y eso es lo que la ha mantenido viva cien años. Al comer, parte de la sangre se redistribuye hacia el aparato digestivo; si los músculos se quedan sin riego, dice el razonamiento, te da un calambre y te hundes. El problema es la escala. La redistribución existe y es modesta, y no deja a los brazos sin oxígeno. Los calambres que de verdad sufren los nadadores aparecen por fatiga, por frío o por llevar horas sin beber, nunca por el filete. Si comer impidiera nadar, ningún nadador de fondo podría probar bocado en una travesía de tres horas, y todos comen durante la travesía.
La hidrocución, también llamada síndrome de inmersión, sí existe. Es un reflejo. Cuando la piel pasa de golpe de mucho calor a bastante frío, el sistema nervioso reacciona en bloque. Los vasos de la superficie se cierran, la tensión sube, el corazón puede desbocarse y en los casos graves se para. Aparece además una inspiración involuntaria, y si esa inspiración te pilla con la cara dentro del agua, tragas. El resto es un ahogamiento corriente, con una particularidad que conviene saber: empieza dentro del primer medio minuto, antes de que te hayas acostumbrado al agua.
Lo que decide es la diferencia de temperatura y la brusquedad con que la cruzas. Los avisos de prevención hablan de saltos de más de cinco grados entre la piel y el agua. El riesgo sube cuando el agua está claramente por debajo de la temperatura de tu piel, cuando llevas un rato largo al sol y cuando entras de una zambullida. Una comida copiosa y el alcohol empeoran la foto, pero como acompañantes. El reloj de la comida da igual.
Así que la regla útil no es «espera dos horas». Es ésta, y vale igual a las ocho de la mañana que a las cinco de la tarde:
Métete por partes y en este orden: pies, muñecas, nuca y pecho. En la nuca y en las muñecas la sangre pasa muy cerca de la piel, así que mojarlas primero avisa al cuerpo de lo que viene.
No te tires de cabeza ni de salto después de un rato tumbado al sol, aunque el agua te parezca templada al pie. Lo que nota el pie no informa del golpe que va a recibir el torso.
Si llevas mucho rato al sol, pásate antes por la ducha o siéntate cinco minutos a la sombra. Lo que bajas con eso son los grados de diferencia, que es lo que te puede tumbar.
Con niños, da igual cuándo comieron. Lo que cuenta es que haya un adulto mirando el agua y no el móvil.
Si has bebido alcohol, tu problema ya no es la temperatura.
Y la señal de alarma, para que sepas reconocerla: si al entrar notas un mareo repentino, zumbido en los oídos, hormigueo en los brazos o un frío que te sube de golpe, sal. No esperes a ver si se pasa. Sal del agua, siéntate y espera a que se te vaya.
Así que el bocadillo cómetelo cuando quieras. Lo que tienes que hacer es lo otro: mójate la nuca y las muñecas, entra por los pies y tarda medio minuto en meter el pecho.