Curiosidad · Del catálogo de Margen
En 1972 Francia recibió uranio que ya había funcionado

En junio de 1972, en la planta de Pierrelatte, en el valle francés del Ródano, un técnico del laboratorio de control midió un frasco de hexafluoruro de uranio —el gas con el que se prepara el combustible nuclear— y le salió 0,717 % de uranio 235 donde tenía que salir 0,720 %. Tres milésimas de punto: treinta átomos de cada millón. Tres meses después, Francia aceptaba la única explicación compatible con esa falta: aquel uranio venía de un yacimiento de Gabón que había funcionado como reactor nuclear por su cuenta, hace 1.700 millones de años y durante cientos de miles de años.
El 0,720 % es una de las cifras más tercas que existen. El uranio 235, el isótopo que se parte y suelta energía, está en esa proporción exacta en el granito de Galicia, en la arena del Sáhara y en las piedras que el Apolo 11 trajo de la Luna. Por eso la medida sirve de patrón: cuando un frasco se desvía, lo normal es que esté mal el aparato.
El aparato estaba bien. Repitieron la medida con otro espectrómetro y salió lo mismo. Siguieron el lote hacia atrás, de bidón en bidón, hasta el yacimiento de Oklo, en el sureste de Gabón, dentro de la misma concesión minera que Mounana, la mina que cerró agotada en 1999. Allí había vetas con 0,44 % de uranio 235, y en algún punto incluso menos. Faltaba uranio fisible, y faltaba mucho.
En septiembre lo presentó el físico Francis Perrin ante la Academia de Ciencias francesa, y lo que sostuvo su informe no fue el uranio que había desaparecido, que admite coartadas químicas, sino lo que ocupaba su lugar. En Oklo aparecieron neodimio y rutenio con una mezcla de isótopos que no se da en ningún mineral de la Tierra y que sí se da, exacta, en el residuo de un combustible gastado. Esos dos elementos son la ceniza de la fisión, y estaban allí.
El motivo es la aritmética de las vidas medias. El uranio 235 se desintegra con una vida media de 704 millones de años; el uranio 238, su hermano mayoritario, tarda 4.470 millones. El fisible se gasta seis veces más deprisa. Hace 1.700 millones de años, el uranio natural de todo el planeta no estaba al 0,7 %, sino cerca del 3 %, que es más o menos el enriquecimiento que lleva hoy una central nuclear comercial. Faltaba el agua, nada más.
El agua es la pieza que convierte un filón en una máquina. Un neutrón recién salido de un átomo partido va demasiado rápido para partir el siguiente: hay que frenarlo, y eso lo hace bien el hidrógeno del agua. En Oklo, el agua subterránea empapaba la arenisca, moderaba los neutrones y la reacción arrancaba sola. Entonces el calor hervía el agua, el moderador se iba en vapor y la reacción se paraba. La roca se enfriaba, el agua volvía a entrar y empezaba otra vez.
En 2004, Alex Meshik y su equipo de la Universidad de Washington en San Luis midieron el xenón atrapado en los granos de aquella roca y calcularon el ciclo: unos 30 minutos encendido y unas dos horas y media apagado, durante cientos de miles de años. La potencia media salía en torno a 100 kilovatios, lo que gastan cincuenta radiadores eléctricos a la vez.
Se han encontrado dieciséis zonas de reacción en la cuenca de Franceville: en Oklo, en Okélobondo y en Bangombé. Y hay un detalle que las volvió útiles. La de Bangombé está a doce metros de la superficie, casi expuesta, y sus productos de fisión —el plutonio incluido, que se desintegró allí mismo— siguen dentro de la roca donde se fabricaron. No se movieron en 1.700 millones de años. Por eso el Organismo Internacional de Energía Atómica estudia Oklo como el único ensayo largo que existe de un cementerio de residuos nucleares: el experimento ya se hizo, duró mil veces más que cualquier presupuesto y las muestras están numeradas.