Por capítulos · Once colegios y un horno de 1931 · Del catálogo de Margen
Tiran la solera de 1974 en seis horas

Antes: Izaskun Larrauri aceptó avalar con su piso los 9.400 euros de la solera nueva. Celso tiene siete colegios y la inspección el jueves 28.
A las siete menos cinco del sábado veintitrés, con el siete de tiza todavía en el canto de la pared, al lado del hueco de la leña, y cinco días de obra por delante, el camión de Refractarios Ordoiz entró marcha atrás en el patio del obrador. Traía veintidós ladrillos refractarios en dos palés —la ironía no se le escapó a Celso y no dijo nada—, cuatro sacos de mortero refractario, una cámara de inspección de ocho metros y un aspirador industrial.
El dinero había llegado el día anterior. Izaskun Larrauri, administrativa del obrador y la que lleva las cuentas de la casa desde los veinticuatro, firmó el aval a las nueve y cinco del viernes en la oficina central, de pie, sin sentarse, porque se sienta cuando hay algo que discutir. El aval es solidario, por los nueve mil cuatrocientos enteros y por los sesenta meses, y detrás está su piso de Berriozar, cuarenta y nueve metros, pagado hasta el último recibo con la nómina más pequeña de la empresa. A las doce cuarenta Félix Ancín, gestor de empresas, mandó un mensaje de tres palabras y una cifra. A la una y diez Celso transfirió a Ordoiz el cincuenta por ciento, que es lo que pedían para mover el camión en sábado, y a las once y media de la noche dejó morir el hogar y apagó el horno de 1931, con las quinientas treinta barras del viernes repartidas desde las siete y cuarto. Ciento ochenta y seis euros al mes durante cinco años, y el jueves que viene se sabrá si valía la pena. El mañana que le había prometido a su hija el jueves se le fue en banco, camión y pan.
Gaizka Ordoiz tiene treinta y cuatro años, es jefe de obra y nieto del hombre que vendió los ciento setenta y cinco ladrillos de 1974, y lo primero que hizo al bajar del camión fue buscar a Paulino y preguntarle por la temperatura.
—Sesenta y dos. Lo marqué a las seis y la piedra ya ha soltado lo de abajo —dijo Paulino Garisoain, hornero retirado, ochenta y un años y treinta y uno de ellos delante de esta boca, con el pirómetro de aguja todavía metido en la cámara—. Entra.
—¿Sesenta y dos y entro?
—Para entrar vale, y tú has entrado en peores. El que no agarra hasta por debajo de cuarenta es el mortero, y los cuarenta los vas a tener cuando hayáis levantado la fila y limpiado los conductos, que es trabajo que no pide frío. —Paulino sacó la sonda y le enseñó el dial, que marcaba sesenta y uno—. Apúntalo tú, que para eso cobras.
Marcelino Berástegui, oficial albañil refractario, cincuenta y nueve años, veintiséis de ellos metiéndose en hornos ajenos, entró de rodillas a las siete y diez con la maceta y el cortafrío, y a las siete y veinte ya estaba fuera el primer ladrillo de la fila uno. Pesa cuatro kilos y medio y sale entero si se le respeta la junta. Los seis de la boca estaban previstos en el presupuesto, línea por línea, y los seis salieron en cincuenta minutos, con Paulino sentado en un taburete de ordeñar a dos metros de la boca, diciendo por dónde.
El problema apareció debajo.
—Paulino. Gaizka. Venid.
Lo que hay bajo la fila uno es el asiento: una tongada de ladrillo a tizón sobre la que descansa la fila que da la cara. Marcelino pasó la punta del cortafrío entre dos ladrillos del asiento y lo que salió fue un chorrito de polvo gris que se quedó en el suelo de la cámara formando un cono pequeño y muy ordenado.
—Esto es arena —dijo.
Paulino metió dos dedos, los frotó y no dijo nada. Gaizka Ordoiz se metió hasta los hombros con la linterna de cabeza y tardó cuatro minutos en salir.
—El asiento está muerto. El mortero de abajo se ha vuelto arena en una franja de metro y medio, justo debajo de la junta que nos han dicho. Si yo siento la fila uno encima de eso, le aguanta un mes y se le mueve en la primera hornada de mayo.
—¿Y entonces? —dijo Celso Larrauri, maestro panadero y dueño de la casa, que llevaba desde las cinco levantado y no había desayunado.
—Entonces levantamos el asiento también. Dieciséis ladrillos más. —Gaizka se limpió la frente con el antebrazo—. Y antes de que lo pregunte: el presupuesto es a tanto alzado para la mano de obra y lleva material de la fila uno. Los dieciséis del asiento los traigo yo en el camión porque los traigo siempre, y se los pongo en el albarán a cero. No le voy a cobrar más y no le voy a pedir un día más, porque el día más no lo tiene usted y lo sé igual que usted.
—El fin de semana me dijeron que se cobraba aparte.
—El fin de semana lo cerré yo con Paulino el jueves y va dentro del tanto alzado. Si quiere se lo pongo por escrito antes de comer. —Gaizka señaló la boca con la barbilla—. ¿Lo levantamos o no?
Paulino se levantó del taburete y lo dijo él.
—Levántalo. Y la cámara por los conductos antes de sentar nada, que lo que hay debajo lleva dos años tragando lo que traga.
A las ocho y cuarto se oyó apagar el horno pequeño, el eléctrico de dos pisos que se compró para los panecillos y que nunca ha dado un pan como el otro. Lo había arrancado Eulogio al entrar, a las seis y veinte. Eulogio Satrústegui, amasador, cincuenta y dos años y treinta y tres en la casa, había hecho las trescientas veinte barras del sábado: ciento cuarenta para el bar de la plaza, ciento diez para el Avenida y setenta para la tienda de Mari Carmen. Los sábados el obrador no sirve a ningún comedor escolar, y por eso el sábado es el único día de la semana en que esta obra se puede empezar sin perder una entrega. Eulogio llevaba desde el viernes quince hablando lo justo, y desde el jueves ni eso.
Izaskun bajó a las nueve con dos cuadernos y el móvil en la mano y se puso a hacer lo que hace: contar.
—Veintidós traes y veintidós vamos a poner: seis de la fila y dieciséis del asiento. Paulino, en el setenta y cuatro fueron ciento setenta y cinco.
—Ciento setenta y cinco y la solera entera. Esto es la boca.
—Ya. Lo apunto igual.
A las diez y media llamó Tránsito Chamorro, jefa de cocina del grupo Virgen del Puy, y no llamó al fijo sino al móvil de Celso, que es lo que hace cuando no quiere que la conversación pase por la oficina.
—¿Han entrado?
—A las siete menos cinco.
—¿Y han encontrado algo que no estaba en el papel?
Celso miró la pila de ladrillos viejos del patio, que a esa hora ya eran dieciocho, y tardó lo que se tarda en decidir si uno se juega el lunes.
—Sí. Hay una tongada debajo que está deshecha y hay que levantarla. Dieciséis ladrillos más. No cuesta más dinero y acaban el miércoles igual.
—Se lo agradezco. —Tránsito no cambió el tono—. Y ahora se lo digo yo a usted antes de que se lo diga otro: el lunes por la mañana, en la central, va a estar Zacarías Urdiain, comercial de Panificadora Duero, con una carpeta. No le han dado cita; va a pasar por delante del despacho de compras a las nueve y a esperar de pie. Yo tengo el papel firmado hasta el veintiocho y eso no me lo tumba nadie, pero quiero poder decir que el horno está en obra y que la obra acaba el miércoles. ¿Se lo puedo decir?
—Dígaselo.
A mediodía Celso subió a la oficina a buscar agua y se encontró a Izaskun sentada delante del cuaderno, con la columna de los colegios abierta y el bolígrafo quieto.
—Izaskun.
—Dime.
Y no lo dijo. Abajo arrancó el aspirador industrial, Marcelino llamó a gritos a Gaizka desde dentro de la cámara, y Celso bajó los escalones de dos en dos con el vaso en la mano, que es una manera de no contestar que a nadie le parece mal un sábado de obra.
El ladrillo salió a la una y diez de la tarde, el vigésimo segundo de los que se levantaron ese día y el cuarto contando desde la cara, en el centro exacto de la boca, justo debajo de la junta que lleva seis meses dejando pasar humo. Marcelino lo sacó con las dos manos, se incorporó de rodillas y lo puso encima de un saco vacío.
—Aquí hay algo escrito.
Paulino se agachó, lo limpió con el canto de la mano y luego con un trapo mojado. En la cara que mira hacia arriba, grabado con un clavo de veinte y con una letra grande y pastosa de hombre de treinta años, decía lo que él había contado el sábado dieciséis: Paulino Garisoain, mayo de 1974.
—Eso ya lo sabíamos —dijo Izaskun.
—Dale la vuelta —dijo Paulino.
Marcelino le dio la vuelta. En la cara larga, la que iba contra el ladrillo de al lado y no se ve desde ningún sitio, había tres líneas más, escritas con el mismo clavo, más pequeñas y más apretadas, con la última casi sin sitio.
Paulino se puso las gafas, las bajó, se las volvió a poner y se las quitó.
—Leédmelo vosotros, que yo esto ya no lo veo.
Y lo leyó Eulogio, que había salido del obrador con el mandil blanco de harina y se había quedado detrás de todos sin que nadie lo oyera llegar.
—«Boca cerrada con mortero de obra. Provisional. Hasta que haya dinero.»
Nadie dijo nada durante el tiempo que tarda un aspirador industrial en pararse del todo.
—El mortero refractario para la boca no entró en el presupuesto de tu abuelo —dijo Paulino, y lo dijo mirando al ladrillo y no a Celso—. Él pidió a la caja un préstamo a tres años para los ciento setenta y cinco ladrillos y se lo dieron justo para eso. Cuando llegamos a la fila uno era el último día y no quedaba un duro. Le dije que la boca había que cerrarla con refractario y me dijo que la cerrara con lo que hubiera y que el año siguiente se haría. Y la cerré con mortero de obra, que es lo que había en el patio. Lo escribí en el ladrillo porque el que abriera esto después tenía que saberlo, y porque a mí me iba a tocar el muerto y yo quería que estuviera escrito de mi puño.
—Y nadie lo abrió.
—Nadie lo abrió en cincuenta y un años. Vosotros tuvisteis suerte medio siglo: mientras el tiro fue el que tenía que ser, por esa junta el aire entraba hacia dentro y no salía nada. —Paulino se levantó agarrándose a la jamba de la boca, que es como se levanta un hombre de ochenta y uno de un suelo de ladrillo—. El mortero de obra no aguanta setecientos grados. Se fue haciendo arena desde el primer verano y la junta del centro se fue quedando sin nada que la tapara, poquito a poco, un gramo al mes.
Celso cogió el ladrillo. Pesa cuatro kilos y medio, igual que los demás, y las tres líneas pequeñas se notan con el pulgar.
Paulino lo dejó encima del mármol del obrador, al lado de las dos barras de canto del martes cinco que nadie ha tirado, y lo puso con la cara escrita hacia arriba.
—Cincuenta y un años —dijo Izaskun.
—Cincuenta y uno —dijo Paulino—. Que quede claro para la inspectora y para quien haga falta: la junta de la boca no se abrió. Nunca se cerró.