← Todas las lecturas

Por capítulos · Once colegios y un horno de 1931 · Del catálogo de Margen

Nueve mil cuatrocientos euros o el horno eléctrico

Antes: la inspectora dio a Celso Larrauri 21 días por el benzopireno de la corteza y vuelve el jueves 28. La solera nueva cuesta 9.400 euros.

El siete de la pared lo escribió Izaskun Larrauri a las ocho y treinta y cinco del jueves veintiuno, con el canto de la mano blanco de borrar el ocho. El San Jorge se había caído por teléfono quince minutos antes: noventa barras y ciento cuarenta panecillos al día, mil novecientos euros al mes.

—Benigna, dime que es por el precio —había dicho Izaskun, que lleva las cuentas de la casa desde los veinticuatro y sabe que por el precio se arregla todo.

—No es por el precio, hija. —Benigna Arellano, cocinera del San Jorge desde antes de que Celso heredase el horno, hablaba desde el office con el extractor puesto—. Es que el lunes entra la nueva directora y lo primero que ha pedido es la lista de proveedores con los expedientes al lado. Yo no pinto nada en esa reunión.

—El expediente lo cierra la inspectora el veintiocho.

—Pues el veintinueve me llamas y yo voy con el papel a la reunión siguiente. Mientras tanto no me hagas venir con la cara que tengo que poner. —Benigna bajó la voz—. Y el pan de mi casa me lo sigues bajando tú, que eso no lo decide ninguna directora.

Izaskun apuntó la fecha, el nombre y el motivo en la columna que había empezado el martes cinco, cuando la columna solo tenía una fila. Luego llamó al Erreniega.

Lo llamó sabiendo lo que iba a oír, y lo llamó igual, porque los panecillos de mayo se piden en abril pero la lista se cierra esta semana y porque un pedido de cuatrocientos panecillos es la única razón honrada para marcar un número que ya no es cliente.

—Milagros, soy Izaskun.

—Ya sé quién eres.

—Los cuatrocientos de mayo.

—Los cuatrocientos de mayo los ha pedido la directora en Duero el lunes, con el albarán de prueba y todo. —Milagros Beunza, cocinera del Erreniega desde once cursos, no estaba enfadada, que es lo que más duele—. Izaskun, yo no voy a llamarte para contarte esto cada semana. Si el veintinueve tenéis el papel firmado, me lo mandas por el móvil y yo lo pongo encima de la mesa del consejo escolar en septiembre, que es cuando se decide el curso que viene. Antes de septiembre no hay nada que hacer.

—Septiembre.

—Septiembre. Y el camión de Duero sube con cadenas peor que tú.

Celso llevaba desde las cinco levantado. Con Eulogio Satrústegui, amasador, cincuenta y dos años y treinta y tres de ellos en la casa, habían amasado seiscientas veinte barras y mil trescientos panecillos, el amasijo de ocho colegios, que ya no se repite: desde mañana son quinientas treinta barras y mil ciento sesenta panecillos, que caben en dos artesas con sitio de sobra. La tercera lleva tres días boca abajo contra la pared, porque una artesa parada con harina dentro se agria. Las ocho entregas le llevaron una hora y veinte minutos; en febrero, con los once, salía a las siete y cuarto y no volvía hasta las nueve.

A las ocho y cuarenta cogió la carretera de Estella con la carpeta de plástico azul de Tránsito Chamorro, la jefa de cocina del grupo Virgen del Puy, en el asiento del copiloto y el presupuesto de Refractarios Ordoiz dentro, en un sobre que no había abierto nadie más que él. A las nueve y cuarenta, a cincuenta y dos kilómetros del obrador, Celso Larrauri, maestro panadero y dueño de la casa, entró en la oficina del banco.

Félix Ancín, gestor de empresas, atiende en Estella los jueves y en la central el resto de la semana. Tenía la pantalla girada hacia la pared y una libreta cuadriculada abierta, que es lo que usan los que llevan veinte años diciendo noes en pueblos pequeños.

—Siéntate, Celso. Dime lo que necesitas y dime para cuándo.

—Nueve mil cuatrocientos más el impuesto. Y los necesito mañana.

—¿Mañana por qué.

—Porque la obra son cinco días con el horno frío y entran el sábado. Apago el viernes en cuanto saque la última hornada, trabajan del veintitrés al veintisiete y el jueves veintiocho la inspectora quiere ver el horno caliente y con pan dentro. Si el sábado no hay dinero, no entran.

—Explícame qué hacen esos cinco días, que yo de hornos no sé nada y lo voy a tener que escribir.

—Levantan la fila uno entera, los seis ladrillos de la boca. Rehacen la junta con mortero refractario. Meten una cámara por los conductos y limpian los dos tramos de debajo de la solera, que llevan dos años tragando lo que tragan. Y vuelven a sentar la fila. El mortero agarra con el horno por debajo de cuarenta grados, y eso baja solo en una noche.

—¿Y quién certifica que eso está bien hecho?

—Lo dirige Paulino Garisoain, que es el hornero que montó esa solera en 1974, y es él quien mide la temperatura con un pirómetro de aguja. Y el jueves lo firma la inspectora, que para eso viene.

Ancín escribió dos cifras y las unió con una raya. Luego pidió los tres últimos meses de la cuenta y los leyó despacio, sin comentar nada, hasta que llegó a marzo.

—Celso, aquí hay un agujero desde mediados de mes.

—Hay cuatro colegios menos.

—Dímelos.

—El Santa Bárbara, mil seiscientos al mes. El Erreniega, mil ochocientos. El Sagrado Corazón, tres mil setecientos. Y el San Jorge, que se ha caído esta mañana a las ocho y veinte: mil novecientos.

—Entonces no son cuatro colegios menos. —Ancín giró la libreta para que lo viera—. Son nueve mil euros al mes que entraban en febrero y no entran hoy. Eso son cuatro de cada diez euros que facturabas entonces.

—Me quedan siete colegios y nueve nóminas.

—Te quedan siete colegios y nueve nóminas y una caída de cuatro clientes en nueve días. Yo no puedo poner eso en un expediente de riesgo y esperar que alguien en Pamplona lo firme sin llamarme por teléfono. —Ancín cerró la libreta—. Y ahora te digo lo que sí puedo. Nueve mil cuatrocientos a cinco años al siete por ciento son ciento ochenta y seis euros al mes. Eso lo aguantas incluso con siete colegios: se ve en tus propios números y por eso te lo digo. El impuesto no te lo financio, que ese lo recuperas tú en el trimestre.

—Pues hazlo.

—Celso, antes una pregunta de las que no se escriben en ningún impreso. ¿Y si el veintiocho vuelve a salir el número?

—No va a salir.

—Contéstame igual.

—Si vuelve a salir, el uno de abril me quedan tres colegios y un ladrillo nuevo que pagar. Eso lo sé desde el martes cinco. —Celso no bajó la mirada—. Y si no pongo el ladrillo, el veintiocho sale seguro.

—Esa es la única respuesta que me valía. —Ancín destapó el bolígrafo—. Te lo doy.

—Pues dámelo.

—Te lo doy con un avalista.

Celso puso la carpeta azul encima de la mesa y la abrió él mismo, lo que no había hecho en toda la semana.

—Esto es un compromiso firmado por la jefa de cocina del grupo Virgen del Puy. Cuatro colegios, mil cuatrocientos cincuenta niños. Se queda conmigo hasta el veintiocho y lo tiene por escrito.

—Hasta el veintiocho.

—Hasta el veintiocho.

—Celso, mi préstamo dura sesenta meses. —Ancín no tocó el papel—. Ese compromiso dura siete días. No me sirve de garantía, me sirve de intención, y la intención no se puede ejecutar en un juzgado. Necesito una persona física con algo detrás.

—No tengo a nadie detrás.

—Tienes a tu hija.

Celso no se movió.

—En esta oficina hay una hipoteca cancelada en enero —siguió Ancín, y lo dijo mirando la libreta cerrada, no a él—. Un piso en Berriozar, cuarenta y nueve metros, a nombre de Izaskun Larrauri Beorlegui, pagado hasta el último recibo. Lo sé porque el último lo firmé yo. Es lo único que hay en esta familia que un banco pueda mirar sin hacer cuentas.

—Mi hija tiene veintinueve años.

—Y la nómina más pequeña de tu empresa, y una firma que vale porque ese piso es suyo y no tuyo. —Ancín apoyó las dos manos en la mesa—. Celso, yo no te estoy pidiendo que la metas en esto. Te estoy diciendo lo que hay, que es distinto. Si viene ella y firma, mañana a mediodía tienes el dinero en la cuenta y el sábado tienes a Paulino con el camión en el patio. Si no viene, el lunes te lo llevo a comité y el comité te contesta cuando te contesta.

—¿Y si lo llevas al comité con el papel de Tránsito?

—Si lo llevo con el papel de Tránsito y los números de marzo, me van a preguntar qué pasa el veintinueve si la inspectora no firma. Y yo tengo que contestar la verdad, que es que no lo sé. —Ancín se levantó y le dio la mano, que es como él despide a la gente a la que le va a decir que sí—. Hasta mañana a la una. A la una y cinco ya es lunes.

A la una menos diez, en el patio del obrador, Eulogio Satrústegui estaba cargando las cajas vacías del San Jorge en la furgoneta para no tener que mirarlas el viernes. Eulogio Satrústegui, amasador, cincuenta y dos años y treinta y tres en la casa, llevaba desde el viernes hablando lo justo.

—Han traído esto de Ordoiz —dijo, y le dio a Celso un sobre—. Y ha llamado Paulino Garisoain dos veces. Dice que el camión de refractario lo tiene reservado para el sábado a las siete y que lo suelta a las seis de la tarde de hoy si no le dices que sí.

—Dile que sí.

—Dile tú que sí, que a mí Ordoiz no me conoce. —Eulogio cerró la puerta de atrás—. Celso. Una cosa. En la cocina de arriba tu hija tiene abierto el presupuesto del horno eléctrico otra vez.

—Lo tiene abierto desde febrero.

—Hoy lo tiene impreso.

Izaskun estaba de pie delante de la mesa de la oficina, no sentada, y encima de la mesa había tres papeles colocados como se colocan las cartas cuando ya se ha decidido la jugada: el presupuesto de Ordoiz, el impreso de aval del banco con los datos rellenados a ordenador, y el presupuesto de Industrias Garaizar por cuarenta y un mil euros, el del horno eléctrico de pisos, con la fecha de validez subrayada en amarillo.

—He llamado a Ancín a las nueve y veinte —dijo—. Antes de que llegaras tú.

—Izaskun.

—Déjame acabar, aita, que lo tengo pensado desde el lunes y si me paras ahora lo cuento peor. —No levantó la voz en ningún momento—. Le he preguntado tres cosas. Si el aval era solidario, y lo es. Si podía ser por una parte, y no puede: es por los nueve mil cuatrocientos enteros y por los cinco años. Y qué pasa con mi piso si el obrador no paga. Pasa lo que pasa siempre.

—Entonces ya sabes que no.

—Sé lo que pasa con el piso y lo sé mejor que tú, porque lo pagué yo. —Izaskun puso el dedo encima del impreso del banco—. Y también sé lo que pasa si no firmo. Si no firmo, el lunes esto es un comité en Pamplona y el ladrillo no está puesto el sábado, y si no entran el sábado no acaban el miércoles, y el jueves Begoña Carrascosa vuelve a raspar la base de una barra y vuelve a salir tres con uno. Y el veintinueve no hay papel para Tránsito, y el uno de abril se van los cuatro colegios del Virgen del Puy, que son mil cuatrocientos cincuenta niños y la mitad de lo que queda. Eso no es perder un cliente, aita. Eso es cerrar.

Eulogio se había quedado en el marco de la puerta con la caja vacía en las manos.

—Y el eléctrico de cuarenta y un mil no lo quiero para el jueves, que no llega ni pagándolo hoy; eso ya me lo dijo Paulino. —Izaskun giró el tercer papel hacia su padre—. Lo quiero para septiembre, que es cuando el Erreniega decide el curso que viene y cuando Benigna vuelve a su reunión con un papel en la mano. Y lo quiero pedido el dos de abril, tres días después de que la inspectora firme. No en junio. No cuando se pueda.

—Ese horno hace otro pan —dijo Eulogio desde la puerta.

—Ese horno hace el pan que tú le enseñes a hacer, Eulogio, y te quedan trece años para enseñárselo. —Izaskun no se volvió—. Con el de solera, el día que caiga una junta otra vez, no hay trece años: hay un jueves.

Celso se acercó al mueble de los albaranes, el de tres cajones, y abrió el de abajo. Dentro, en una carpeta de gomas, están las facturas de leña de los cuatro últimos ejercicios, y la de febrero de 2024 es la segunda de aquel año, con la letra pequeña y vertical de Eulogio en el pie y el precio por tonelada en una casilla que no se lee desde arriba. Puso la mano encima de la carpeta y la dejó ahí el tiempo de respirar dos veces.

—Hay una cosa del horno que te tengo que contar —dijo.

—Cuéntamela.

Eulogio dejó la caja en el suelo, despacio, y salió al patio sin cerrar la puerta. Se le oyó arrancar la furgoneta.

—Mañana —dijo Celso, y cerró el cajón.

—Mañana a las nueve firmo yo —dijo Izaskun, y volvió a poner el presupuesto de los cuarenta y un mil en el centro de la mesa, encima de los otros dos papeles—. Y esto se queda aquí, boca arriba y con la fecha del dos de abril escrita a mano, hasta que lo pidamos.