Ocho plantas dan para poco y sin embargo cabemos tres desconocidos y un perro.
Miramos los números como si fueran un partido importantísimo: segundo, tercero, cuarto. El perro es el único que mira a las personas.
Hay quien dice buenos días con acento de disculpa, quien estudia sus zapatos, quien aprovecha el espejo para odiarse el peinado un poco.
Tan cerca que nos oímos respirar, tan lejos que no sabemos ni el nombre. La ciudad entera funciona así: una caja que sube y baja llena de gente que se roza y no se toca.
Séptimo. Octavo. Se abre la puerta y nos repartimos por nuestras vidas. El perro se despide con el rabo. Él sí sabía que éramos un momento.