Por capítulos · Once colegios y un horno de 1931 · Del catálogo de Margen
Debajo de la boca hay un ladrillo firmado en 1974

Antes: Paulino Garisoain levantó la solera en 1974 y dijo que la ceniza de la cámara no es de haya. Celso tiene nueve colegios.
Los nueve colegios que le quedan a Celso Larrauri, maestro panadero, dependían el sábado 16 de un horno apagado: lo había apagado él mismo a medianoche, sabiendo lo que le iba a costar el lunes arrancar en frío.
Los sábados el obrador no sirve a ningún comedor escolar. Hace trescientas veinte barras para los dos bares del pueblo y para la tienda de Mari Carmen, y con eso se acaba la mañana. Es la única ventana de la semana en que la cámara de cocción se puede dejar enfriar sin perder una entrega, y Paulino Garisoain la había pedido el jueves, de pie en el patio y antes de subirse al coche, con una frase sola: apágalo el viernes y el sábado entro yo.
Llegó a las siete y diez con una linterna de obra, un metro plegable de carpintero y una rodillera de gomaespuma atada con cinta de embalar. Ochenta y un años, treinta y uno de ellos de hornero en ese mismo horno, jubilado desde el noventa y nueve.
—¿A cuánto está?
—A sesenta y dos —dijo Celso—. Lo he medido hace media hora.
—Sesenta y dos aguanta. Pero no entro todavía, que la piedra suelta calor por abajo una hora larga después de marcar. —Paulino dejó la linterna encima del mármol y se quitó el abrigo—. A las ocho y veinticinco.
Eulogio Satrústegui, amasador, cincuenta y dos años, treinta y tres de ellos en esta casa, estaba acabando las barras del sábado en el horno pequeño, el eléctrico de dos pisos que se compró para los panecillos y que nunca ha dado un pan como el otro. No dijo nada. Llevaba desde el viernes sin decir nada.
El horno de 1931 es de llama indirecta, y eso hay que tenerlo delante para entender lo que vino después: el fuego no está donde está el pan. Tiene su hogar a un lado, detrás de un muro de ladrillo, y los gases de la combustión viajan por unos conductos que pasan por debajo de la solera, calientan la piedra desde abajo y salen por su propia chimenea. Dentro de la cámara, donde se mete el pan, no debería haber ni una mota de ceniza.
A las ocho menos cuarto entró por el patio un Opel blanco que nadie esperaba un sábado, y de él bajó Tránsito Chamorro.
Cincuenta y dos años, jefa de cocina del grupo Virgen del Puy, que son cuatro colegios y mil cuatrocientos cincuenta niños comiendo al día. Es, con mucha diferencia, el cliente más grande que tiene el obrador. Entró sin llamar porque lleva nueve años entrando sin llamar, se quedó mirando el horno apagado y después miró a Celso.
—Está frío.
—Hoy entra Paulino a ver la solera.
—Ya sé que entra Paulino. Me lo ha dicho Milagros Beunza, la cocinera del colegio Erreniega, que se lo dijo tu hija. —Tránsito Chamorro no se sentó—. Celso, he venido un sábado porque esto no lo quiero hablar por teléfono con un ordenador delante. El lunes tengo consejo de dirección en la central y me van a preguntar una cosa, y quiero poder decir lo que tú me digas y no lo que yo me imagine.
—Pregunta.
—¿El pan que me estás sirviendo esta semana es el mismo que el del análisis?
—No. Las barras del lado de la boca se apartan desde el martes cinco y no salen de aquí. Son cuarenta al día y las tiro yo.
—¿Tiras cuarenta panes al día?
—Los tiro.
Celso cogió del estante una carpeta de gomas y la abrió encima del mármol: el control de las dos últimas semanas, hornada por hornada, con la temperatura de cada una escrita de su puño.
Tránsito Chamorro lo miró sin tocarlo, que es su manera de leer.
—¿Y por qué se tuestan de más los de ese lado?
—Porque la solera reparte mal el calor y por ahí entra lo que no tiene que entrar. Hoy sabré cuánto.
—Hoy.
—Hoy, cuando Paulino salga de ahí.
—Celso, la inspección es el jueves veintiocho y yo tengo consejo el lunes dieciocho. —Tránsito levantó por fin la carpeta y se la devolvió cerrada—. Esto es lo que voy a pedirte y te lo digo entero para que no haya sorpresas. El lunes, un compromiso por escrito tuyo: qué vas a arreglar y en qué fecha. El veintinueve, el papel de verdad, el de salud pública, firmado por la inspectora, diciendo que el veintiocho salió bien. Si el veintinueve ese papel no está encima de mi mesa, los cuatro colegios se van a Duero el uno, y no porque yo quiera, sino porque me lo van a mandar.
—El veintiocho saldrá bien.
—Eso dímelo el veintinueve, como Milagros. —Se puso los guantes en la puerta y se paró—. Y si sale bien, hablamos de una cosa que me falta y que no te voy a decir hoy, porque no quiero que la cuentes como si ya la tuvieras.
—Tránsito.
—Una última. El miércoles me llamó un comercial de Duero y me dijo que tú tenías un expediente abierto. No me dijo ninguna cifra. Si alguien me dice una cifra, yo ya no puedo esperar al veintiocho, porque eso significa que lo sabe media comarca y a mí me lo van a enseñar impreso en una reunión. ¿Me entiendes lo que te digo?
—Te entiendo.
El Opel salió del patio a las ocho y veinte y Eulogio apagó el horno pequeño sin que nadie se lo pidiera.
A las ocho y veinticinco Paulino se tumbó en el suelo delante de la boca, encendió la linterna y metió medio cuerpo.
—Izaskun —dijo desde dentro, con la voz de alguien que habla contra una pared de piedra—. Trae algo para escribir.
Izaskun Larrauri, veintinueve años, administrativa del obrador e hija de Celso, bajó con el cuaderno de temperaturas y se quedó de pie al lado de las piernas de su padre.
—Dime.
—Desde la boca hacia dentro: fila uno, fila dos, fila tres. Apunta. —La linterna se movía—. Fila tres, cerradas. Fila dos, cerradas las cinco. Fila uno, cuatro cerradas y la del centro abierta.
—Una sola en toda la solera.
—Una sola, y es la de la boca. Apúntale el ancho: tres milímetros largos, y veintidós centímetros de largo. Por ahí sube todo lo que viene de los conductos, y entra por un lado solo.
Izaskun escribió tres milímetros y lo subrayó dos veces.
A las diez menos cinco Paulino seguía medio dentro y había pedido dos veces que le acercaran la linterna grande. Izaskun tenía ya tres páginas del cuaderno con filas, juntas y números.
—Sal un rato, Paulino.
—Ahora.
—Llevas hora y media ahí.
—Llevo hora y media porque lo estoy contando bien, no a ojo. —Se oyó el ruido del metro plegable abriéndose contra la piedra—. Ciento setenta y cinco.
—¿Qué es ciento setenta y cinco?
—Los ladrillos refractarios que puse en mayo de 1974, cuando se levantó esta solera entera.
Salió de espaldas, despacio, y se quedó sentado en el suelo con la rodillera puesta y las manos blancas de polvo de piedra.
—Celso, siéntate, que lo que te voy a contar lo sabes a medias.
Celso no se sentó.
—En el setenta y cuatro esta solera se vino abajo por el centro. No se agrietó: se cayó, porque llevaba cuarenta y tres años cociendo y nadie le había mirado los conductos. Tu abuelo me dijo que la levantara yo con dos peones y me dio seis días, que es lo que un obrador puede estar sin pan. La levanté en cinco. Ciento setenta y cinco ladrillos refractarios que pagó él con un préstamo de la caja a tres años, y de eso hay papel en algún sitio.
—Yo tenía seis años.
—Tú tenías seis años y me traías el botijo. —Paulino se limpió las manos en el pantalón—. Y el último día, antes de cerrar la fila de la boca, cogí un ladrillo, lo puse en el centro y le escribí el nombre con un clavo de veinte. Paulino Garisoain, mayo de 1974. Está debajo de la fila uno, a cuatro ladrillos de la cara, y lleva cincuenta y un años ahí abajo.
Izaskun dejó de escribir.
—¿Y por qué nos lo cuentas ahora?
—Porque esa fila hay que levantarla antes del veintiocho y quiero que sepáis lo que vais a encontrar antes de encontrarlo. Un hombre que firma una cosa responde de ella.
—¿Nada más? —dijo Izaskun—. En el ladrillo. ¿Pusiste algo más?
Paulino tardó en contestar lo justo para que se notara.
—Nada que te sirva hoy.
Se levantó agarrándose a la boca del horno, cogió el abrigo del mármol y salió al patio con él en el brazo. Era la primera vez en toda la mañana que estaba de pie.
—Paulino, ¿cuánto se tarda en cambiar esa fila?
—Depende de una cosa que no me has querido decir. —Se puso el abrigo por fin, despacio, mirando no a Celso sino a Eulogio, que había salido detrás con la rasqueta en la mano y no la estaba usando—. El jueves metí los dedos en la ceniza de tu cámara, me los olí dos veces y te pregunté qué leña quemabas. Me contestaste haya, y yo te dije que la haya no deja eso. Yo no te llamé mentiroso delante de tu hija y hoy tampoco.
—Paulino.
—La factura de la leña de febrero de hace dos años. La de las veinte toneladas. Tráemela el lunes y te digo en una tarde si hay que cambiar la fila o el horno entero. —Abrió la puerta del coche y se quedó con la mano en el marco—. Y escúchame esto, que es lo único que he venido a decir dos veces: yo no me vuelvo a meter debajo de esa boca sin saber qué le ha estado entrando por los conductos los últimos dos años. Ni el lunes, ni el veintisiete.