Por capítulos · El puerto de los nombres cambiados · Del catálogo de Margen
Capitulo 2. Los nombres se compran baratos
En el puerto todo el mundo tiene dos nombres: el que le pusieron sus padres y el que paga sus deudas. Anglada lo sabia porque habia crecido entre esos dos nombres, hija de un estibador que se llamaba Jordi para el sindicato y otra cosa para los que le prestaban dinero.
El fantasma sin manos tardo cuatro dias en tener nombre, y fue un nombre falso: Emili Sans, segun un pasaporte que aparecio en una taquilla alquilada con documentacion robada. Sans no existia. O existia solo como una de esas identidades que en el puerto se compran baratas, se usan una vez y se tiran al agua como el envoltorio de un bocadillo.
-Documentacion cruzada -le explico su companero, el subinspector Bru, un hombre paciente al que le gustaba el orden como a otros les gusta el alcohol-. Gente que entra por el puerto sin entrar. Barcos que traen contenedores con mercancia declarada y personas no declaradas. Y alguien que les fabrica un nombre para que puedan desaparecer del todo.
-O para que puedan seguir vivos -dijo Anglada.
Fue a ver al viejo Restany porque en aquel puerto no se movia un amarre sin que el lo supiera. Lo encontro en su despacho acristalado sobre la darsena, mirando sus gruas como un dios que ya se aburre de su creacion. Tenia ochenta anos y una sonrisa de tiburon viejo, de esos que ya no necesitan morder porque el agua se aparta sola.
-La pequena Anglada -dijo-. La hija de Jordi. Cuanto tiempo sin verte por aqui. Desde lo de tu hermano, calculo.
-No he venido a hablar de mi hermano.
-Nadie viene nunca a hablar de lo que ha venido a hablar. -Le sirvio un cafe que ella no toco-. Un hombre sin manos, dicen. Y una foto tuya en el bolsillo. -Se rio bajito, sin ganas-. Nuria, hay muertos que vuelven para robar. Y hay muertos que vuelven para que los reconozcas. Este ha hecho un viaje muy largo solo para ensenarte una cara. Yo que tu me preguntaria de quien es la cara. No la del muerto. La de la foto.
Anglada salio del despacho con el cafe intacto y una idea clavada en el estomago. Volvio a mirar la copia de la fotografia que le habian dado. Y por primera vez no se miro a si misma. Miro el fondo. Detras de ella, borroso, medio girado, habia un segundo hombre que la noche del catorce de agosto ella habria jurado que estaba a mil kilometros de aquel muelle.
Era su hermano.