Curiosidad · Del catálogo de Margen
Les dieron oxígeno puro en 1987 y bostezaron igual

En 1987, en la Universidad de Maryland, Robert Provine cerró una puerta que todo el mundo sigue abriendo. Puso a un grupo de estudiantes a respirar por una mascarilla y les fue cambiando el gas sin avisarles de cuál tocaba: aire comprimido normal, oxígeno al cien por cien, y aire cargado de dióxido de carbono al tres y al cinco por ciento. Los bostezos salieron los mismos en todas las tandas.
La respiración sí se movió. Con el dióxido de carbono aquellos estudiantes respiraban bastante más deprisa, que es lo que le pasa a cualquiera al que le suben el CO2 del aire. Y ahí está el resultado: si bostezar sirviera para corregir la mezcla, el oxígeno puro tendría que haber apagado los bostezos y el dióxido de carbono tendría que haberlos disparado. No hizo ninguna de las dos cosas. Provine volvió a intentarlo por otro camino, poniendo a los voluntarios a hacer ejercicio hasta doblarles la frecuencia respiratoria —el número de veces que uno respira por minuto—, y el contador de bostezos tampoco se movió. Respirar y bostezar comparten la boca y poco más.
El cinco por ciento de dióxido de carbono que les llegaba por la mascarilla es más de cien veces el que hay en el aire de la habitación donde estás leyendo esto, que ronda el 0,04 por ciento. Esa es la dosis que no provocó un solo bostezo extra.
Lo que empezó en 1987 es una pregunta de cuarenta años que nadie ha cerrado. Descartado el oxígeno, el bostezo se quedó sin función conocida, y lo único sólido que hay desde entonces es el mapa de cuándo ocurre. Se amontona en los cambios de estado: la hora siguiente a despertarse, la hora anterior a acostarse, el tramo en que una clase empieza a hacerse larga. No aparece cuando falta aire de verdad, que es precisamente donde la vieja explicación lo esperaba.
La candidata que más partidarios tiene hoy la lanzó Andrew Gallup en 2007: el bostezo enfriaría el cerebro. La inhalación profunda y el estirón de la mandíbula mueven sangre y aire por los senos de la cara, y eso bajaría la temperatura de ahí dentro unas décimas. Tiene a favor un par de observaciones raras. En su propio experimento, los voluntarios a los que se les puso una bolsa fría en la frente bostezaron por contagio el 9 % de las veces, frente al 41 % de los que llevaban una bolsa templada o no llevaban ninguna. Y la gente bosteza menos cuando hace mucho calor en la calle, justo cuando ventilar con aire exterior dejaría de servir para refrescar nada. Es una hipótesis abierta, no un hecho.
Mientras tanto, lo único que el bostezo hace de manera indiscutible es contagiarse, y se contagia también por escrito, sin que haya nadie delante abriendo la boca.
En 2012, un equipo de la Universidad de Durham grabó con ecografía en cuatro dimensiones a quince fetos sanos, cuatro veces a cada uno, a las 24, 28, 32 y 36 semanas de embarazo, y los contó bostezando. Distinguieron los bostezos de las simples aperturas de boca por cómo se repartía el tiempo entre abrir la mandíbula y cerrarla, y encontraron que bostezaban más cuanto más pequeños eran. Un feto no respira aire: tiene el pulmón lleno de líquido y por la boca no le entra una sola molécula de oxígeno. Quince fetos, cincuenta y ocho ecografías aprovechables, cero respiraciones y bostezos contados.