En el fondo del carrito del súper encontré una lista de la compra olvidada. La iba a tirar cuando reconocí la letra: era la mía. Las mayúsculas torcidas, la e griega que me enseñó mi padre. Mi letra exacta.
Yo no la había escrito.
«Velas. Hilo negro. Vino del que le gustaba a mamá. Tiritas. Flores blancas.»
Y al final, subrayado dos veces: mi nombre completo.
Me la guardé, inquieto, y esa semana la vida fue tachando la lista por mí. El apagón del martes: velas. El botón de la chaqueta en el entierro de la tía: hilo negro. La cena del viernes en casa de mi hermana: el vino de mamá, dijo, lo he comprado sin pensar. El corte en el pulgar el sábado: tiritas.
Ayer solo quedaban las flores blancas y mi nombre.
Hoy ha llamado al timbre un repartidor con un ramo de lirios. «¿Es usted?», me ha preguntado, mirando una tarjeta que yo no alcanzaba a leer.
Todavía no le he contestado. Mientras no diga que sí, la lista no puede acabarse.