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Curiosidad · Del catálogo de Margen

La herencia de Franklin tardó 200 años

Benjamin Franklin murió en 1790 y dejó en su testamento un experimento: mil libras para Boston y otras mil para Filadelfia, con instrucciones de prestarlas a jóvenes artesanos y dejar que el interés compuesto hiciera su trabajo. Parte del fondo podría usarse a los cien años; el resto, exactamente a los doscientos.

En 1990, el fondo de Boston rondaba los cinco millones de dólares y el de Filadelfia superaba los dos. Con ese dinero se financiaron becas e instituciones técnicas, como Franklin había imaginado.

Franklin no era adivino: era aritmético. Sabía que un capital modesto, reinvertido durante generaciones, acaba en cifras que parecen magia. Solo hacía falta algo que casi nadie tiene: paciencia de dos siglos.

Su lección sigue vigente: el interés compuesto no premia al más listo, premia al que llega antes y se va más tarde.