Curiosidad · Del catálogo de Margen
Un rayo no cae del cielo: sube desde el suelo

Un rayo entero pasa en menos de medio segundo y el ojo lo recibe como un fogonazo único. Dentro de ese medio segundo hay un orden, está cronometrado desde 1934, y el tramo que de verdad ves no bajó de la nube: salió del suelo y subió. La secuencia solo se entiende contada del final al principio.
Lo último es el parpadeo. Un rayo entre la nube y el suelo no es un destello: son tres o cuatro descargas seguidas por el mismo canal, separadas por unas cuarenta milésimas de segundo. Ese temblor que parece un defecto de tus ojos es la cuenta real de descargas, y es lo único de la secuencia que la vista sí distingue.
Una descarga, por dentro. Cuando el canal toca tierra, la carga del suelo sube por él hacia la nube a unos 100.000 kilómetros por segundo, un tercio de la velocidad de la luz, con una corriente de pico en torno a los 30.000 amperios. A esa velocidad, los dos kilómetros de canal se recorren en veinte millonésimas de segundo, y el pulso de luz que deja en cada punto dura unas setenta. Se llama descarga de retorno, se lleva casi toda la corriente y casi toda la luz, y va hacia arriba.
Una milésima de segundo antes, el enganche. A unas decenas de metros del suelo el campo eléctrico se vuelve tan bestia que los objetos de abajo empiezan a disparar hacia arriba sus propios hilos de aire ionizado: un poste, una farola, la punta de un chopo, el hombro de una persona. El primero que alcanza al hilo que baja de la nube —el episodio siguiente de esta cuenta atrás— cierra el circuito, y ese objeto es el que resulta alcanzado. El rayo no lo eligió de lejos: ese ganó la carrera en la última decena de metros.
Antes de eso, la bajada, que es la parte que nadie ve. De la nube sale el guía escalonado, un hilo tenue y muy ramificado que avanza a saltos de unos cincuenta metros y que apenas da luz. Las fotografías le miden una velocidad media de unos 150 kilómetros por segundo: tarda algo más de una centésima de segundo en cubrir los dos kilómetros que el retorno después sube en veinte millonésimas. Setecientas veces más despacio, y a oscuras. Ningún ojo separa ese hilo del destello que viene detrás.
Y antes todavía, dentro de la nube, un electrón suelto acelerado por el campo chocó con una molécula de aire, arrancó otro electrón, y los dos arrancaron dos más. Eso es lo primero que ocurre y nadie lo ha fotografiado nunca.
Quien montó el aparato para comprobar el orden fue Charles Vernon Boys, físico inglés, en 1900: una cámara con dos objetivos clavados en un disco que gira. Si el objeto fotografiado se mueve, el giro lo estira en el negativo y cada fase cae en un sitio distinto de la placa; si no se mueve, sale una raya limpia. Boys la apuntó a las tormentas durante tres décadas y tuvo mala suerte casi siempre. La suerte la tuvieron Basil Schonland y H. Collens en Johannesburgo, donde el verano austral trae tormenta casi todas las tardes. En 1934 publicaron en los Proceedings of the Royal Society las primeras imágenes en las que se distinguen las dos cosas: el guía bajando a saltos y, detrás, el trazo de retorno subiendo. El artículo se titula «Progressive lightning». Al año siguiente, ya con D. J. Malan, publicaron la segunda parte con los tiempos medidos uno a uno.
Hace noventa años que está resuelto y seguimos diciendo que el rayo cae. El ojo no separa dos sucesos si median menos de dos centésimas de segundo, y el destello de subida dura trescientas veces menos que ese umbral. Y el idioma, que es más viejo que la cámara de Boys, empuja en un solo sentido: cae un rayo, caen chuzos, ha caído en el campanario.
Un pararrayos, por lo mismo, no atrae nada desde la nube; su trabajo es ser el sitio desde el que arranca el hilo de subida, antes y mejor que el tejado que tiene al lado, y por eso protege un cono a su alrededor y no un radio mágico. En las estructuras muy altas ocurre además el caso extremo: el rayo empieza entero en el hierro y sube hacia la nube sin que nada haya bajado antes. Se llaman descargas ascendentes, y la torre del Säntis, en los Alpes suizos, instrumentada desde 2010 a 2.500 metros de altitud para medirlas, registra en ese sentido la inmensa mayoría de los rayos que la tocan: salen de ella.