
La red de hidrófonos con que la Marina de Estados Unidos vigilaba submarinos en el Pacífico captó en 1989 algo que no encajaba: el canto de una ballena a 52 hercios. Las ballenas azules cantan bastante más grave; los rorcuales comunes, también. Ningún catálogo de especies tenía esa voz.
El biólogo William Watkins, del laboratorio oceanográfico de Woods Hole, se pasó más de una década siguiéndola temporada tras temporada. Siempre el mismo patrón, la misma firma acústica inconfundible, siempre una sola voz. Sus rutas se parecen a las de las ballenas azules, pero no viaja con ninguna. Nadie la ha visto jamás: solo existe como sonido.
La prensa la bautizó «la ballena más solitaria del mundo» y su historia ha inspirado documentales y hasta canciones. Los científicos son más prudentes: quizá es un híbrido de ballena azul y rorcual, con la voz cambiada por la mezcla; y puede que las demás la oigan perfectamente, aunque no contesten.
Quizá no está sola. Quizá solo habla distinto. De momento, en algún lugar del Pacífico, sigue cantando.