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Microrrelato · Del catálogo de Margen

Servicio de habitaciones

El hotel insistía en que la habitación 412 no existía. En recepción me enseñaban el plano: la cuarta planta terminaba en la 410. Yo, sin embargo, dormía cada noche en la 412, con su cama estrecha y su ventana que daba a un patio de luces donde nunca amanecía del todo.

Dejaban toallas dobladas. Cambiaban las sábanas. Alguien, cada mañana, colocaba una galleta sobre la almohada. Así que dejé de discutir.

La mañana que por fin acepté hacer el check-out, bajé mi maleta y firmé el papel. El recepcionista miró el número, palideció y llamó a su encargado con voz temblorosa. Me dijeron que llevaban nueve años sin alojar a nadie en esa planta. Que la 412 se había clausurado tras el incendio. Que el único huésped que quedó dentro nunca llegó a hacer el check-out.

Les di las gracias por la estancia. Fui muy amable. Al fin y al cabo, ellos habían sido los únicos en tratarme como si todavía estuviera vivo.