El espejo del baño empezó a retrasarse un segundo. Yo sonreía y mi reflejo tardaba un instante de más en sonreír, como un actor que ha perdido su entrada.
Al principio era gracioso. Lo achaqué al cansancio, a la luz mala, a esa hora en que la cara ya no es del todo tuya.
Anoche levanté la mano y mi reflejo esperó. Uno, dos, tres segundos con el brazo caído mientras yo lo sostenía en alto, absurda, contra el cristal. Cuando por fin la levantó, lo hizo despacio, con una intención que no era la mía.
Comprendí entonces que no me estaba imitando. Me estaba avisando de lo que yo iba a hacer a continuación. Y hoy, cuando he entrado en el baño, el espejo ya tenía las manos en el cuello antes de que yo me acercara.