De niños jugábamos en el patio a quedarnos completamente quietos cuando alguien gritaba estatua. El que se movía perdía. Había que aguantar, con un pie en el aire si hacía falta, hasta que gritaran la palabra que te liberaba.
Han pasado treinta años. Sigo sin poder moverme.
Los demás crecieron, se fueron del pueblo, tuvieron hijos que a su vez jugaron y crecieron. Yo me quedé en esta postura, con la mano tendida hacia una pelota que ya no existe, mientras las estaciones me llenan de musgo y las palomas aprenden mi forma.
Nadie ha dicho todavía la otra palabra. Empiezo a sospechar que aquel que la conocía murió sin saber que me había dejado atrás, y que en algún lugar del mundo hay un adulto que a veces se despierta con la vaga culpa de haber olvidado algo, sin saber que ese algo respira todavía, de pie, esperando.