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Microrrelato · Del catálogo de Margen

Alguien mueve el mojón de Valdorrey cada primavera

—Ochenta y siete metros. El año pasado eran ciento veintisiete. —Igual mide usted distinto, Elvira. —Mido con el mismo aparato que usa Catastro, Benigno. Y usted es el alguacil, no el perito. —Yo solo digo que las piedras no andan. —Esta anda cuarenta metros al norte cada primavera y vuelve en octubre. Tres años seguidos. —¿Y qué quiere, abrirle expediente a un canto? —Quiero que me diga por qué hay dos. —Dos qué. —Dos mojones. El de granito, con la cruz de 1911, está enterrado bajo la zarza, a ciento veintisiete metros. El otro es caliza, y la cruz se la hicieron con una radial. —Eso no lo sabe usted. —La caliza tiene polvo de sierra y la mueve alguien. Siempre en marzo, antes del deslinde. —Antes de que baje el manantial. —Antes de que baje el manantial. —Lo talló mi abuelo en el cincuenta y cuatro. Si la linde va por el de granito, el agua de Valdorrey se bebe en Ceza. Allí son ochocientos; aquí, cuarenta y uno. —Benigno. —Dígame. —El de granito lleva enterrado tres generaciones y en Ceza no se ha muerto nadie de sed. Voy a levantar acta de los dos. —Levántela. Pero venga usted en marzo a moverlo, que yo ya no puedo con la piedra.