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Por capítulos · Las doce ultimas noches del 803 · Del catálogo de Margen

Once años parando en un apeadero cerrado

Antes: Olalla, revisora del 803, encontró un listín de 1998 con 87 números en Ribadeña. Llamó a cuarenta personas y veintiséis teléfonos ya no existen.

Quedan cuatro noches. El 803 sale de Ribadeña a las 00:12 y, a las 00:41 clavadas, frena en Vallonga: un apeadero que la operadora cerró en 2011, sin andén iluminado, sin taquilla y sin un solo viajero desde entonces.

Esa noche Olalla Berruezo, revisora del 803, subió a la cabina con la carpeta debajo del brazo y se quedó de pie detrás del asiento.

—Fermín, ¿cuánto dura la parada de Vallonga? —Cuarenta segundos —dijo Fermín Aizpún, el maquinista, sin apartar la vista de la vía—. Cuarenta y dos si hay escarcha. —¿Y cuántas noches llevas parando? —Las que van de noviembre de 2011 a hoy, quitando domingos y bajas. —Eso son casi tres mil ochocientas. —Tres mil ochocientas cuarenta y una. Están todas escritas.

Soltó una mano del mando, abrió el bolsillo de la puerta y sacó un taco de hojas de ruta dobladas por la mitad, con las esquinas redondeadas de tanto viaje. En cada una, en la casilla de paradas facultativas, la misma anotación a bolígrafo azul: V — 00:41. Once años de la misma línea, con la letra cada vez más pequeña.

—Casilda te las sella. —Casilda Trigo lleva la estación de Ribadeña desde antes que yo la máquina. Me las sella y las archiva. Cuarenta y una cajas.

El tren empezó a frenar. Por la ventanilla no se veía gran cosa: Vallonga es una curva, un muro de hormigón y una farola que la operadora apagó el mismo día que cerró el apeadero.

—Baja conmigo —dijo Fermín—. Tienes cuarenta segundos.

Abrió con la llave de servicio y saltaron al andén los dos. Olía a matorral mojado. Fermín encendió la linterna del bolsillo y la pasó por el muro, de izquierda a derecha, hasta que apareció una placa de pizarra atornillada a la pared, del tamaño de una mesa, con el marco de madera comido.

—La escuela de la comarca estaba aquí, en el edificio de arriba. Cuando la cerraron dejaron la pizarra en el andén.

En la pizarra, escrito con tiza y repasado con pintura blanca para que aguantara, seguía leyéndose un encabezado: FIRMAS PARA QUE NO QUITEN EL TREN. Debajo, dos columnas de rayas donde alguien había ido apuntando los nombres antes de pasarlos al papel bueno.

—Aquí las recogió Amelia —dijo Fermín—. Ochenta y siete, en dos tardes. Los críos las contaban.

Olalla acercó la linterna a la segunda columna. Las rayas eran ciento y pico, muchas más de ochenta y siete.

—Está apuntada dos veces la gente. —Se apuntaron todos dos veces, por si acaso. Al papel bueno pasaron una por cabeza.

Puso la mano en el marco y la madera cedió un poco.

—Fermín, quedan cuatro noches y tú te jubilas el 31. Si esa noche paras aquí con gente a bordo, Serafín Mardones, el jefe de servicio, te abre expediente igual que a mí. —A mí no me lo abre. —¿Por qué no? —Porque Vallonga sigue siendo parada. Una parada suprimida vuelve a serlo si consta que se ha seguido efectuando: está en el reglamento, en el artículo de las facultativas. Mientras un tren pare y lo anote, el punto sigue siendo punto de parada aunque no salga en el horario. En cuanto dejas un año en blanco, se cae del plano y no vuelve.

La radio crujió. Era Casilda, desde Ribadeña, preguntando si llevaban retraso.

—Cuarenta segundos, Casilda —contestó Fermín—. Los de siempre.

Subieron. El 803 arrancó con la sacudida corta de los trenes viejos y Olalla se sentó en el escalón de la cabina, con la carpeta abierta sobre las rodillas.

—Once años parando en un sitio donde no sube nadie. —Once años dejando la parada viva. —¿Y por qué Vallonga? Tú vives en Puente Alcor.

Fermín tardó dos curvas en contestar.

—El tren del 14 de noviembre del noventa y ocho lo llevaba yo.

Olalla levantó la cabeza.

—Tenía veintinueve años. Me dijeron por la mañana que esa noche era el último y por la tarde no lo desmintió nadie. Paré aquí, bajé al andén con la gorra en la mano y le dije a Amelia Sanchís, la maestra, delante de catorce críos y de dos madres, que si algún día había un último viaje de verdad ese tren pararía en todas partes y subiría quien ella dijera. Luego la línea no cerró y estuvimos veintiocho años sin que hiciera falta. —Prometiste tú también. —Firmé el primero y prometí el segundo. Amelia guardó los billetes y yo guardé la parada.

—El día 31 salgo de Ribadeña a las 00:12 —dijo Fermín, y volvió a mirar la vía—. A las 00:41 abro estas puertas, y llevo tres mil ochocientas cuarenta y una noches teniendo derecho a hacerlo.