
En latín tardío, un «tripalium» era un instrumento de tortura formado por tres palos a los que se ataba al condenado. De ahí salió el verbo «tripaliare» (torturar), que con los siglos se fue suavizando hasta dar «trabajar». La lengua lo tenía claro desde el principio.
No es una rareza española: el francés «travail» y el italiano «travaglio» vienen del mismo aparato. Y hay un giro todavía mejor: el inglés «travel» (viajar), también. En la Edad Media, viajar era una tortura de caminos embarrados, posadas infectas y salteadores, así que la palabra del suplicio acabó nombrando el viaje.
Así que cuando alguien diga que su trabajo es un suplicio, no exagera: etimológicamente, es redundante.