
El cristal de la cocina no olvida.
Escribes un nombre con el dedo una tarde de sopa y de lluvia, lo borras con la manga, pasan las semanas.
Y un día cualquiera hierve el agua, se empaña la ventana y ahí está otra vez: el nombre, intacto, flotando en el vapor como si la casa lo hubiera guardado para cuando volvieras a olvidarlo.
La grasa invisible del dedo, dice la ciencia. La memoria del cristal, digo yo, que escribo nombres en las ventanas para que me los devuelvan los días de frío.