
La primera vez fue sal. «Un poco, si tienes», dijo, con el puño cerrado como un nido. Después un huevo. Después una cebolla, dos hojas de laurel, un chorrito de vino blanco que se llevó en un vaso de Nocilla.
Siempre jueves, siempre a la misma hora, siempre una sola cosa. Yo vivía solo desde marzo y aquella puerta era, algunas semanas, mi única conversación sin pantalla de por medio.
Ayer llamó y no pidió nada. Llevaba el delantal puesto. «Ya está», dijo.
En su mesa, puesta para dos, humeaba un guiso hecho de todos mis jueves: mi sal, mi huevo, mi laurel, mi vaso de vino. «No sabía cómo invitarte», dijo, «así que te fui invitando por partes».
Comimos despacio. Estaba bueno. Sabía, sobre todo, a las diez semanas que había tardado en atreverse.
Al salir me dio un papel doblado: la receta. En la lista de ingredientes, el último era yo.