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Curiosidad · Del catálogo de Margen

Un helicóptero vio un huerto a 250 km de todo

Agafia Lykova vive a media ladera de una montaña del Sayán occidental, en el sur de Siberia, y pasa de los ochenta años. Cultiva patata en un bancal ganado a la pendiente, corta su leña, tiene cabras y perros, y el asentamiento habitado más próximo está a unos 250 kilómetros de su puerta. Es la última de una familia que entró en aquel bosque siendo cuatro, en 1936, llegó a ser seis dentro y no volvió a salir.

El huerto que se veía desde el aire era el suyo. Esa es la respuesta entera al enigma: no había ningún pueblo ni ninguna explotación forestal porque quienes labraban allí llevaban cuarenta y dos años escondidos de un Estado que había matado a uno de los suyos.

A Agafia la han sacado de la ladera varias veces, siempre por motivos médicos y siempre con su permiso, y siempre ha vuelto. Ha rechazado ofertas de casa en el valle. Recibe visitas contadas: guardas de la reserva natural que rodea su montaña, algún equipo de televisión, y durante años a Yerofei Sedov, uno de los geólogos que la encontró en 1978, que perdió una pierna, se instaló en una cabaña cerca de la suya y murió allí en 2015. Le llevan harina, sal, clavos, pilas para una radio y velas. Ella devuelve patatas y piñones. La montaña quedó dentro de un espacio protegido declarado en 2001, así que hoy la ladera que la familia eligió por ser inaccesible está protegida por ley y sigue siendo, administrativamente, un sitio donde no vive nadie.

1988

Karp Osipovich Lykov, su padre, murió el 16 de febrero, dormido, en la misma cabaña de troncos que había levantado con las manos: veintisiete años exactos, día por día, después que su mujer. Los geólogos llevaban diez años bajando a verlo desde su campamento y le habían ofrecido muchas veces mudarse al valle, con su hija, a una casa con estufa, con vecinos y con médico. Dijo que no todas las veces. Lo enterraron en la ladera, y Agafia se quedó sola.

1981

Entre octubre y diciembre murieron los tres hermanos de Agafia. El primero fue Dmitri, el cazador de la familia: neumonía, el 6 de octubre. Después Savin, el 20 de diciembre, y Natalia, el 30, los dos de un fallo del riñón, con diez días entre uno y otro.

Los geólogos habían ofrecido un helicóptero para llevar a Dmitri a un hospital. Dmitri contestó que eso no les estaba permitido y que cada uno vive lo que Dios le concede. Se ha discutido mucho si aquellas tres muertes tuvieron que ver con el contacto —tres años comiendo pan, azúcar y conservas traídos de fuera, y respirando lo que traían las visitas—, y no hay forma de demostrarlo ni de descartarlo.

De los cuatro hermanos quedó la pequeña. Karp y Agafia siguieron sembrando el mismo bancal.

1978

Una cuadrilla de geólogos buscaba mineral de hierro en la cuenca del río Abakán, sobrevolando taiga sin caminos, sin cables y sin antenas. A unos 1.800 metros de altitud, en una ladera que en los mapas no tenía absolutamente nada, el piloto que buscaba dónde posar el helicóptero vio entre los cedros un rectángulo oscuro y regular: surcos. Alguien había arado allí.

La geóloga Galina Písmenskaya y tres compañeros esperaron un día bueno, se llenaron las mochilas de regalos por si aquello estaba habitado y subieron a pie los últimos kilómetros. Encontraron una cabaña de una sola pieza, ennegrecida por dentro por décadas de humo, con el suelo cubierto de mondas de patata y cáscara de piñón, y en la puerta a un anciano descalzo con una camisa de cáñamo remendada tantas veces que ya no se distinguía la tela original. Los recibió sin sorpresa aparente y les dijo que, puesto que habían llegado hasta allí, más valía que pasaran.

Dentro había cuatro hijos adultos. Dos de ellos, Dmitri y Agafia, no habían visto en su vida a un ser humano ajeno a su familia. Hablaban entre ellos un ruso antiguo, arrastrado y cantarín, y a Písmenskaya le costaba entender frases enteras hasta la tercera vez.

No sabían que había habido una Segunda Guerra Mundial. Sí habían visto pasar luces por el cielo desde finales de los cincuenta y habían llegado por su cuenta a una conclusión: que la gente de fuera había inventado algo y estaba mandando fuegos muy parecidos a las estrellas.

Comían patata, centeno, semilla de cáñamo, piñones y lo que Dmitri cazara. Dmitri se hacía la ropa con tela tejida en el telar que la familia había metido en el bosque, podía seguir el rastro de un alce durante días descalzo en la nieve hasta que el animal se rendía, y dormía a la intemperie a cuarenta grados bajo cero. La familia había salido del pueblo con dos ollas metálicas y, cuando el óxido las agujereó, no hubo manera de sustituirlas: pasaron a cocinar en recipientes de corteza de abedul, que no resisten el fuego directo, y llevaban años sin poder hervir nada como es debido.

Los cuatro hijos sabían leer, y quien les enseñó fue Akulina, la madre. Lo hizo con los evangelios que la familia había cargado a la espalda en 1936 y con palitos de abedul afilados mojados en jugo de madreselva, que eran a la vez la pluma y la tinta. La familia llevaba la cuenta del calendario litúrgico, con sus fiestas y sus ayunos, sin fallar un día, cuarenta y dos años seguidos.

Los geólogos les ofrecieron pan, mermelada, té, alcohol. La familia rechazó casi todo por norma religiosa —«eso no nos está permitido»— y aceptó la sal. Lo que sí se llevó de aquella visita fue un asombro: un envoltorio de celofán, que Karp examinó a contraluz antes de dictaminar, escandalizado, que aquello era cristal, pero se arrugaba.

1961

El junio anterior nevó. La nieve tumbó todo lo sembrado y aquel año no hubo cosecha. La familia comió corteza de árbol, hojas de aliso, raíces, brotes de hierba y el cuero de sus propios zapatos. Akulina Karpovna, la madre, repartió su parte entre los hijos y murió de hambre el 16 de febrero de 1961.

En el campo arrasado apareció una sola espiga de centeno que había conseguido salir adelante. La rodearon con una cerca para que no la tocaran los ratones ni las ardillas, la vigilaron por turnos de día y de noche, y de ella sacaron dieciocho granos. Con esos dieciocho granos volvieron a levantar el sembrado. Tardaron varias temporadas en tener otra vez centeno suficiente para comer pan.

1936

Karp Lykov era un viejo creyente: una rama del cristianismo ruso que se separó de la Iglesia oficial en el siglo XVII, cuando el patriarca Nikon reformó los libros y los ritos, y que desde entonces se fue desplazando hacia el este por oleadas, huyendo de multas, de impuestos y de detenciones. En los años treinta la presión soviética sobre los creyentes se endureció y las comunidades enteras se disolvieron o se escondieron.

Un día de 1936, una patrulla comunista disparó al hermano de Karp a las afueras de la aldea, junto a la huerta, delante de él.

Karp cogió a su mujer, Akulina, a su hijo Savin, de nueve años, y a su hija Natalia, de dos, unas semillas, dos ollas, un telar desmontado y lo que pudieron cargar a la espalda, y se metió bosque adentro. Cada pocos años se mudaban más al fondo y más arriba, hasta la ladera donde acabaron quedándose. Allí nacieron Dmitri, en 1940, y Agafia, en 1944.

El periodista Vasili Peskov empezó a publicar todo esto en el diario Komsomólskaya Pravda en 1982, y después en un libro que en ruso se titula «Callejón sin salida en la taiga». Subió a la ladera muchas veces y anotó lo que la familia le contaba con el cuidado del que sabe que nadie va a poder comprobarlo dos veces.

En una de aquellas conversaciones, Karp le explicó cuál había sido de verdad la peor parte de los cuarenta y dos años. No el frío, ni la nieve de junio, ni el hambre de 1961. «Vivir sin sal fue un verdadero tormento», le dijo.