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Por capítulos · Las 96 colmenas de Sorbeda · Del catálogo de Margen

Dentro de la caja hay semillas de un peral extinguido

Antes: Elsa Trigo, apicultora, heredó 96 colmenas de su tío Ovidio. Once no tienen miel: llevan cajas de madera precintadas con cera y numeradas.

Quedan ochenta y cuatro colmenas por revisar y Elsa no ha dormido. A las nueve de la mañana entra en la clínica veterinaria de Sorbeda con la caja número 1 envuelta en un jersey, sujeta contra el pecho como se lleva un animal pequeño.

Amaro Cid, veterinario de la comarca desde hace treinta y un años, aparta el teclado y extiende un paño verde sobre la mesa de exploración.

—Ponla ahí.

—No es un bicho.

—Ya veo que no. Ponla ahí igual.

La caja mide lo que un ladrillo grande. Es de castaño sin barnizar, con los cantos redondeados de manosearla mucho, y en la tapa lleva grabado a fuego un uno partido por una barra y un once: 1/11. El precinto es un cordón de cera que da la vuelta entera y muere en un sello aplastado con el pulgar.

—La abriste.

—Anoche. Y la volví a cerrar con cinta aislante porque me dio miedo estropear algo.

Amaro corta la cinta con el bisturí de los cascos. Dentro no hay nada de lo que Elsa había imaginado a las cuatro de la madrugada: ni papeles, ni dinero, ni fotografías. Hay siete bolsitas de tela cosidas a mano, del tamaño de un puño, y en cada una un puñado de semillas planas y marrones con la punta más oscura.

—Pepitas —dice Elsa—. Once colmenas sin una gota de miel para guardar pepitas.

Amaro no contesta. Vuelca una bolsita sobre el paño, separa tres semillas con el canto de la uña y las mira a contraluz. Le da la vuelta a una. Se queda quieto bastante más tiempo del que a Elsa le parece razonable.

—¿Qué pasa?

—Trae la lupa del cajón de abajo.

Elsa la trae. Amaro mueve el flexo, gira la semilla debajo del cristal y luego abre el armario metálico del fondo. Saca una carpeta de anillas con el lomo escrito a rotulador, «Frutales comarca 1988-1994», y pasa hojas hasta una lámina plastificada: cuatro dibujos de semillas a tinta, con sus medidas en milímetros al lado.

—¿Tu tío te habló alguna vez de estas colmenas?

—Mi tío no me habló nunca de nada. Me enteré de que tenía noventa y seis colmenas por una carta del notario, en abril.

Amaro compara la semilla con el segundo dibujo. Lo hace tres veces, y a la tercera se sienta en el taburete de ruedas y se empuja con el pie hasta la pared, que es lo que hace este hombre cuando quiere ganar diez segundos.

—¿Sabes lo que es un peral de invierno de Sorbeda?

—No.

—Nadie de menos de cincuenta lo sabe, así que tranquila. Era una variedad de aquí, de esta comarca y de tres pueblos del valle. Aguantaba en el árbol las heladas de noviembre, se cogía en diciembre y se comía pasado San Blas. No la vendió nunca nadie porque la piel se marca con mirarla: estaba en huertos particulares y en ningún catálogo.

—Hablas en pasado.

—Hablo en pasado. En 1994 entró un fuego bacteriano en el valle y la orden de sanidad vegetal fue arrancar y quemar todos los frutales de pepita de la zona afectada. Yo estuve en dos huertos, con el remolque. En 1996 el peral de invierno de Sorbeda se declaró extinguido: ni un árbol en pie, ni un injerto en un banco de germoplasma, ni una rama en un vivero. Llevo treinta años contándoselo a los críos de la escuela como se cuenta lo del lobo.

Elsa mira las siete bolsitas abiertas sobre el paño verde.

—¿Y esto qué es, entonces?

—Esto es peral de invierno de Sorbeda.

Amaro le da la vuelta a la bolsita. Cosida por dentro hay una tira de tela blanca con algo escrito en mayúsculas, con rotulador indeleble, apretado para que cupiera:

PERAL DE INVIERNO DE SORBEDA — 1994

—Y esa letra es la de tu tío —añade—. Ovidio me firmó doscientos partes de campo. La conozco mejor que la mía.

Se levanta, guarda la carpeta en el armario y cierra con llave, cosa que no había hecho nunca delante de ella.

—Elsa, escúchame bien. Ahí tienes siete bolsas de algo que este país dio por muerto hace treinta y dos años, y en tu monte quedan diez cajas más sin abrir. Dime una cifra, que es lo único que necesito para dormir: ¿cuántas colmenas dijiste que no tenían miel?

—Once.

—Once cajas. —Amaro se pone el abrigo, y son las diez de la mañana de julio—. En esta comarca se quemaron once variedades.