
Cuando pagas una entrada de cine, una parte importante viaja directa a la distribuidora de la película, sobre todo en las semanas del estreno, cuando más público hay. A la sala le queda una porción que apenas cubre pantallas, personal y alquiler.
¿De qué vive entonces el cine? Del mostrador. El maíz de las palomitas cuesta céntimos y se vende a precio de plato de restaurante: es uno de los márgenes más altos del comercio. Refrescos y chucherías siguen la misma lógica.
Economistas de Stanford estudiaron el fenómeno y llegaron a una conclusión curiosa: las palomitas caras mantienen las entradas más baratas. Quien está dispuesto a gastar más paga su parte extra en el bar, y el precio del billete queda al alcance de los demás.
Así que las palomitas no son el acompañamiento de la película. Contablemente, casi son la película.