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Curiosidad · Del catálogo de Margen

El emperador que puso un impuesto a la orina

En la Roma del siglo I, la orina era materia prima. Los bataneros la recogían de los urinarios públicos porque su amoniaco servía para desengrasar la lana y blanquear las togas; los curtidores la usaban para tratar el cuero. Movía tanto negocio que el emperador Vespasiano, siempre corto de caja tras años de guerras civiles, decidió gravar su recogida con un impuesto.

Su hijo Tito protestó: cobrar por el pis le parecía indigno de un emperador. Vespasiano, según cuenta Suetonio, le acercó a la nariz una moneda de la primera recaudación y le preguntó si olía mal. Tito admitió que no. «Y sin embargo, viene de la orina», respondió. La frase se convirtió en proverbio: pecunia non olet. El dinero no huele.

La anécdota sobrevivió mejor que el propio impuesto: casi dos mil años después, los urinarios públicos de París se llamaban vespasiennes, y en Italia todavía hay quien los llama vespasiani. No está mal para un tributo: pocos dejan en herencia un proverbio y un mueble con nombre propio.