
En 2014, dos investigadores de Stanford, Marily Oppezzo y Daniel Schwartz, midieron algo que escritores y filósofos llevaban siglos practicando sin datos: pidieron a un grupo de personas usos creativos para objetos cotidianos, primero sentadas y luego andando. Andando, la producción de ideas buenas creció en torno a un 60%.
Lo revelador estaba en la letra pequeña. El efecto se mantenía en una cinta de andar, de cara a una pared: no era el paisaje, era el propio caminar. Y duraba un rato después de volver: quien acababa de andar seguía teniendo mejores ideas que quien no se había movido de la silla.
Hay un matiz que lo hace útil de verdad: andar mejora el pensamiento divergente — generar posibilidades — pero no ayuda, e incluso estorba un poco, cuando hace falta converger en una única respuesta correcta.
De ahí una regla sencilla para repartir el día: camina cuando necesites abrir (enfoques, títulos, soluciones posibles, cómo empezar ese mensaje difícil) y siéntate cuando toque cerrar (elegir, pulir, decidir). Si la reunión es de las de abrir, propónla andando. Las ideas, a menudo, llegan al paso.