
Mi mujer perdió la memoria en un accidente. Los médicos dijeron que no volvería.
Entonces inventé un ritual. Cada mañana, al despertar, me siento en el borde de su cama y le cuento nuestra historia: cómo nos conocimos bajo la marquesina de un cine cerrado, cómo bailamos sin música en la cocina, cómo me prometió que envejeceríamos discutiendo por tonterías.
Ellla escucha, sonríe, y cada día vuelve a enamorarse de un pasado que no recuerda. Es lo más parecido a la felicidad que me queda.
Esta mañana, por primera vez, me interrumpió a mitad del relato. Me miró con una claridad que hacía años que no le veía.
—Esa historia es preciosa —dijo—. Pero esa mujer no soy yo. A esa mujer la enterraste hace tres años. A mí me trajiste a casa del hospital confundiéndome con ella.
Y yo, que tampoco quiero recordar, seguí contando la historia desde el principio.