
El vecino de abajo golpeaba el techo con algo duro, un palo o un mango de escoba, cada vez que ella caminaba de noche por su salón.
Al principio pidió perdón mentalmente y aprendió a andar de puntillas. Pero los golpes empezaron a llegar aunque estuviera quieta, tumbada, conteniendo la respiración.
Harta, una madrugada bajó las escaleras dispuesta a disculparse en persona y a acabar con aquello.
El portero de noche la encontró en el rellano, con la mano levantada frente a una puerta sin número.
—Ese piso lleva veinte años vacío, señora. Desde el incendio. Nadie ha vuelto a vivir ahí abajo.
Ella bajó la mano despacio.
—¿Abajo? —dijo—. Yo vivo en el primero. No hay nada debajo de mí.
Los golpes, entonces, empezaron a subir.