
En 1941, el servicio secreto británico MI9 tenía un problema: cómo hacer llegar material de fuga a los miles de prisioneros aliados en campos alemanes. La respuesta estaba en Leeds, en la fábrica de John Waddington, que imprimía dos cosas muy útiles: juegos de Monopoly y mapas sobre seda, un material que no cruje, no se deshace con el agua y cabe doblado en un dedal.
La empresa montó una sala secreta y fabricó ediciones especiales: el tablero llevaba oculto en su interior un mapa de seda de la región del campo, entre las piezas iban una brújula diminuta y limas de metal, y bajo el dinero de juguete se intercalaban billetes reales: marcos, francos. Los paquetes llegaban a los campos a través de obras benéficas ficticias, nunca de la Cruz Roja, para no comprometerla. Un punto rojo disimulado en la casilla de aparcamiento gratuito indicaba a los prisioneros que aquel ejemplar era de los buenos.
Los fugados tenían orden de destruir el juego tras usarlo, y la operación fue secreta durante décadas. Por eso apenas queda ninguno: los Monopoly más valiosos de la historia acabaron, casi todos, en una estufa.