
Hay una silla en el dormitorio que no conoce visitas: sostiene la ropa que no está sucia ni limpia, el jersey de dos tardes, los vaqueros del jueves, la camisa que aún puede salvar otra cena.
Nadie le enseñó a hacerlo. Fue cediendo, capa a capa, como ceden los años, hasta olvidar su oficio de esperar a alguien sentado.
De vez en cuando queda vacía y da casi miedo verla: una silla desnuda es que la casa está en orden
o que alguien se ha ido.