
En la escalera de mi edificio el eco nunca cuadró. Lo descubrí la semana en que se fundió la luz del portal: subía contando peldaños a oscuras y, al pararme en el rellano, sonaba un paso más. Uno solo. Educado, casi discreto, como alguien que se detiene medio segundo tarde para no delatarse.
Hice las pruebas que haría cualquiera: subir despacio, pararme en seco, descalzarme. El paso extra siempre llegaba, siempre uno. Con los años dejé de hacer pruebas. Hay cosas con las que se convive: una gotera, una bisagra, un paso.
Dieciocho años en ese piso. Subí con la compra, con cochecitos, con cajas de mudanzas ajenas, con malas noticias que pesaban más que las cajas. El eco siempre uno de más, puntual, fiel a su manera.
El día que me mudé bajé la última caja, la de las tazas, y subí una vez más a mirar el piso vacío. Conté los pasos por costumbre.
Sonaron exactos.
Cerré despacio, por si acaso, y desde el portal me pareció oír arriba, muy suave, un paso solo, quedándose.