← Todas las lecturas

Curiosidad · Del catálogo de Margen

El kilo oficial no podía adelgazar

Desde 1889, el kilogramo no era una idea: era un objeto. Un cilindro de platino e iridio del tamaño de una ciruela, guardado cerca de París bajo tres campanas de cristal, en una cámara que necesitaba tres llaves distintas para abrirse. Los metrólogos lo llamaban Le Grand K. Un kilo era, exactamente, lo que pesara aquello.

El problema llegó al compararlo con sus copias oficiales, fabricadas del mismo lingote: con las décadas, sus masas se habían separado unas 50 millonésimas de gramo — el peso de una huella dactilar. ¿Adelgazaba el patrón o engordaban las copias? Imposible saberlo, porque no existía nada más exacto contra lo que medirlo. Y aquí el giro precioso: pasara lo que pasara, Le Grand K seguía pesando un kilo exacto, porque un kilo era él. Si perdía átomos, era el resto del universo el que engordaba un poquito.

En 2019, los científicos jubilaron el cilindro y ataron el kilogramo a una constante de la naturaleza, la de Planck, que no se raya, no se ensucia y no necesita llaves. Le Grand K sigue en su cámara. Ahora, por fin, puede pesar lo que quiera.