
A las ocho entra por mi balcón, se acaba su plato y se duerme en la silla buena. Le puse Bruno. Una tarde lo seguí por los tejados: en el patio del segundo, la señora Remedios le abrió la ventana llamándolo Canela; a media mañana, me contaron después, ronda la panadería, donde le guardan recortes de jamón y responde por Míster.
No me molestó compartirlo. Un gato así no se tiene: se turna.
Lo raro fue lo de la foto. En la panadería hay una imagen del escaparate, en blanco y negro, del año en que abrieron: 1961. Sobre los panes, sentado en el mismo hueco donde se sienta ahora, hay un gato idéntico. Idéntico. El panadero dice que su abuelo lo llamaba Ceniza y que nunca supo de quién era.
A las ocho lo espero con el plato lleno. No le pregunto cuántos nombres lleva gastados. Que uno de ellos sea mío, unos años, me parece trato suficiente.