
Se ha ido con prisa y el desayuno sigue hablando bajito: la silla en diagonal, el cuchillo atravesado en el plato, y las migas, ese archipiélago breve que dibuja exactamente el sitio de sus manos.
Paso el canto de la mano por la mesa y recojo las islas en el cuenco de la palma. La madera queda limpia. La casa, en orden. El desayuno, por fin, callado.
Mañana volverá a haber pan. Nadie desayuna dos veces en la misma mesa.