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Microrrelato · Del catálogo de Margen

Sala 2

En la reunión de los lunes somos ocho, pero en la pantalla siempre hay nueve cuadrados. El noveno se llama Sala 2. Cámara apagada, micrófono en silencio. Al principio preguntábamos: ¿quién ha invitado a Sala 2? Nadie. En la convocatoria no aparece. Informática dice que esa sala no existe: la oficina antigua se cerró cuando nos mandaron a casa, y el edificio lo alquiló otra empresa.

Con los meses nos acostumbramos. Se la saluda al entrar —«buenos días, Sala 2»—, medio en broma, como se saluda a un gato. Si alguien presenta cifras, procura que estén bien. Se nota, aunque nadie lo diga: hablamos un poco mejor desde que escucha.

Ayer, a las 9:03, Sala 2 encendió la cámara. Se vio una mesa larga, diez sillas vacías, la luz de los fluorescentes encendida y, en la pizarra del fondo, todavía apuntado, el reparto de tareas de nuestra última semana allí. Nadie dijo nada. A las 9:04 la cámara se apagó, y empezamos la reunión un poco más rectos que de costumbre.