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Idea · Del catálogo de Margen

Cuando la medida se convierte en objetivo, deja de medir

En los años setenta, el economista Charles Goodhart observó algo incómodo: cada vez que el Banco de Inglaterra elegía un indicador para guiar su política, el indicador dejaba de funcionar. La versión popular de su ley cabe en una frase: cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida.

El mecanismo es humano, no técnico. Un indicador funciona mientras es un termómetro: refleja algo que pasa. En cuanto lo conviertes en meta, la gente —tú incluido— deja de mejorar la cosa y empieza a mejorar el número. El colegio que entrena para el examen en vez de enseñar. La web que persigue clics y entierra lo que valía la pena. Tu pulsera de pasos, y tú dando vueltas al salón a las once de la noche.

El antídoto no es dejar de medir: es desconfiar un poco del marcador. Tres trucos: pregúntate qué quería capturar el número antes de ser meta; mira de vez en cuando otra medida que no persigues; y revisa el objetivo cuando notes que ya sabes «jugarlo». El número era un mapa. No lo confundas con el territorio.