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Relato · Del catálogo de Margen

Faltaban 50 euros en la caja y solo la tocamos dos

A las 00:20 del último sábado de octubre, con las sillas de la terraza ya apiladas, la caja daba 1.212,40 € y el cierre tenía que dar 1.262,40. Faltaban 50 €. Un billete. Naranja, de los que se ven desde lejos.

Era mi último turno de la temporada en la arrocería. Seis meses de contrato, de mayo a octubre, en un local de la Malvarrosa donde en agosto sacábamos ciento y pico paellas al día y en octubre ya se oye el mar desde la barra. Yo llevo allí tres veranos. Noa, uno: diecinueve años, primer curro, estudia Integración Social por las mañanas y los findes se venía desde la otra punta de Valencia con el uniforme ya puesto debajo de la sudadera.

Paco, el dueño, nos había dicho a los dos el lunes que en invierno solo abre viernes, sábado y domingo, y que solo se queda con uno. Que lo pensaría. Yo necesitaba ese sueldo de invierno para no tener que pedirle dinero a mi padre en enero, otra vez. Noa lo necesitaba para lo que fuera; nunca se lo pregunté.

—¿Lo cuentas tú o lo cuento yo? —dijo ella.

—Cuéntalo tú, que yo ya lo he contado dos veces.

Lo contó en la barra, de cara a mí, separando los billetes por montones como en el banco. Los de 20, los de 10, las monedas en columnas de diez. Tardó seis minutos. Le salió lo mismo. 1.212,40.

—Igual a alguien le hemos cobrado dos veces con tarjeta —dijo.

—Entonces sobraría, no faltaría.

—Ya.

Esa noche la caja la había llevado ella casi entera. Yo estuve en la terraza desde las diez, con la catorce, una pareja con dos críos que celebraban un cumpleaños, y luego con los ingleses del final, y ella se quedó dentro cobrando y sirviendo cafés. Eso lo sabíamos los dos. Y los dos sabíamos que a las diez y media había ido al baño con el delantal puesto y había tardado.

No pensé nada raro. Bueno, mentira: lo pensé al momento, y me molestó tan poco pensarlo que todavía me da vergüenza.

Y en dos segundos ya tenía tres pruebas. El viernes, en el descanso de la comida, la había oído pedirle a Paco que le adelantara algo de la nómina, y Paco le dijo que a final de mes, como todos. Esa misma semana había venido con unas zapatillas negras nuevas, porque las suyas resbalaban en la cocina. Y cada vez que le preguntaba por qué cruzaba media ciudad para currar en una arrocería de playa, cambiaba de tema. Tres cosas que no significaban nada, y con ellas me monté una historia entera.

—¿Quieres que vacíe el delantal? —me dijo.

—Que no, Noa, venga.

Lo vació igual. Un boli, la libreta de comandas, un mechero que no era suyo, 23,50 € en monedas de propina y un paquete de chicles de menta. Lo dejó todo encima de la barra, en fila, y se quedó mirándome.

Me fui al almacén a por la escoba, que era la excusa que tenía más a mano, y desde el almacén le escribí a Paco.

00:41. «Paco, la caja no cuadra, faltan 50. Yo no he tocado la caja desde las diez, ha estado Noa. Lo volvemos a contar.»

Lo leí antes de mandarlo y me pareció justo. Era verdad. Cada frase era verdad. Le di a enviar, salieron los dos ticks y Paco, que a esa hora sigue despierto, lo leyó al momento. No contestó. Solo los dos ticks azules.

Volví a la barra con la escoba. Noa había empezado a contar por tercera vez.

—Me la vas a cargar a mí, ¿no? —dijo sin levantar la vista de los billetes.

—Que no.

—Es que me han dicho que en invierno se queda uno.

—A mí también.

—Ya lo sé. Por eso.

Contó otra vez. 1.212,40. Le pedí la libreta y fuimos mesa por mesa, de la uno a la veintidós, con el rollo de tickets del datáfono estirado en la barra como una serpentina.

—La seis. Dos menús y una botella de blanco.

—Tarjeta, 61,80 —decía yo, y buscaba el ticket.

La ocho pagó en efectivo y dejó tres euros. La once eran dos alemanes que pagaron cada uno lo suyo y dejaron una moneda de dos euros de más, que estaba en su columna encima de la barra, porque Noa la había apuntado en la libreta con una flecha. Lo apuntaba todo. Ahí lo vi, aunque tardé en entenderlo. Entre las 22:45 y las 23:10 no había ni un solo pago con tarjeta. Veinticinco minutos sin cobrar nada en plena hora de cenas.

—El datáfono —dije.

—¿Qué le pasa?

—Se quedó colgado. A la mesa catorce le dije que...

Y me callé, porque ya lo sabía. Saqué el móvil. Tenía la notificación desde las 22:47, enterrada debajo de catorce mensajes del grupo de la uni: «Has recibido 50,00 € de MARISA G. Concepto: arroz mesa 14». La de los críos. El datáfono no conectaba, la madre tenía prisa y yo le dije «hazme un Bizum a mí y yo lo meto en caja». Luego vinieron los ingleses, y la tarta, y las sillas.

Los 50 € habían estado toda la noche en mi bolsillo.

Noa se dio cuenta por mi cara, no porque se lo dijera.

—¿Qué?

Le enseñé la pantalla. Leyó el concepto. Se rio una vez, por la nariz, más de cansancio que de gracia.

—Vale. Pues ya está. Mete cincuenta y nos vamos.

Saqué un billete de 50 de la cartera, que eran casi todas mis propinas de la noche, y lo metí en la caja. 1.262,40. Cuadraba al céntimo. Ella empezó a apagar las luces del comedor, una fila cada vez, de la cocina hacia la puerta.

Y yo me quedé con el móvil en la mano y el mensaje a Paco ahí arriba, en azul. «Ha estado Noa.»

Estuve casi un minuto pensando en no hacer nada. La caja cuadraba. Paco no iba a preguntar por un mensaje que ya no tenía sentido. Noa no lo había visto. Podía borrarlo para todos, y quedaría ese aviso gris de «Se eliminó este mensaje» que no dice nada. Y en invierno se quedaba uno.

No lo borré. Le escribí a Paco otra vez.

00:58. «Encontrado. Era un Bizum de la mesa 14 que me hicieron a mí cuando falló el datáfono. Ya está metido. Noa no tenía nada que ver, me equivoqué yo.»

Ticks azules. Esta vez contestó: «Ok. Cerrad bien la persiana.»

Bajamos la persiana entre los dos, que es de las que hay que acompañar con el pie, y esperamos en la acera a que viniera su hermano a buscarla. Hacía fresco por primera vez desde mayo. Él había dicho que estaba allí a la 1:04. Faltaban tres minutos y no hablamos en ninguno. Pasó un repartidor en patinete con la mochila cuadrada a la espalda. Noa se subió la cremallera de la sudadera hasta arriba, tapando el nombre del restaurante.

—Le escribí a Paco —dije.

—¿Cuándo?

—Antes. Desde el almacén. Le dije que habías estado tú en la caja.

No dijo nada. Me tendió la mano abierta y le di el móvil. Leyó el primer mensaje. Luego bajó y leyó el segundo. Luego volvió a subir al primero, y yo sabía exactamente qué frase estaba leyendo.

—«Yo no he tocado la caja desde las diez» —leyó en voz alta—. Te acordabas de la hora a la que saliste a la terraza. De un Bizum de cincuenta euros no te acordabas.

—Ya.

—De mí sí te acordabas.

Me devolvió el móvil. El coche de su hermano llegó a la 1:06, un Ibiza blanco con la música puesta. Se subió delante sin girarse.

Paco la llamó el jueves para los fines de semana de invierno. A mí me mandó el finiquito por transferencia el viernes, 412,60 €, con el concepto «Hugo, temporada. Gracias». Noa me escribió el sábado, la primera vez desde aquella noche. Era una foto de la caja de su primer viernes de invierno, cuadrada, 846,20 €, y debajo una sola línea:

«Contada una vez.»