
El orden que tenemos en la cabeza —primero el teléfono, mucho después el fax— está al revés. En 1843, el relojero escocés Alexander Bain patentó un aparato capaz de transmitir imágenes por cable telegráfico: el antepasado directo del fax. Alexander Graham Bell no patentaría el teléfono hasta 1876, treinta y tres años después.
Y no se quedó en teoría. En 1865, el pantelégrafo del italiano Giovanni Caselli entró en servicio comercial entre París y Lyon: los clientes enviaban firmas y dibujos de una ciudad a otra, once años antes de que existiera el teléfono. Napoleón III fue uno de sus grandes entusiastas.
¿Por qué nos suena tan moderno, entonces? Porque una tecnología no triunfa cuando se inventa, sino cuando el mundo la necesita: el fax esperó a las oficinas de los años setenta y ochenta, se hizo omnipresente… y en veinte años quedó arrinconado por el correo electrónico.
La moraleja cabe en una línea: algunas ideas no llegan tarde ni pronto; llegan cuando hay alguien esperándolas.