
En el barrio hay una costumbre amable: cuando alguien encuentra un guante perdido, lo deja puesto en la verja del parque, bien visible, por si su dueño vuelve a buscarlo. Llevo años pasando por delante. Nunca le di importancia.
Este invierno empecé a contarlos. En diciembre había tres. En enero, siete. Esta mañana, once, alineados en las puntas de hierro como una fila de saludos congelados. Fue al verlos todos juntos cuando lo noté: los once son de la mano izquierda.
Pregunté al quiosquero, que lo sabe todo. Se encogió de hombros: «La gente pierde más la izquierda», dijo, «por el bolsillo del abrigo». Esa noche perdí un guante. El derecho. Volví sobre mis pasos, calle por calle, hasta la verja.
Mi guante no estaba. Los once izquierdos seguían allí, quietos, con los dedos apuntando al cielo. Me quité el que me quedaba y lo colgué con los demás, despacio, como quien paga una deuda antigua.
En algún piso de este barrio, alguien guarda un cajón lleno de manos derechas. Espero que le abrigue. Espero no saber nunca qué aplaude.