Relato · Del catálogo de Margen
Dije que sabía hacer paella en 2019 y ya no puedo parar

Me llamo Herminio Zuazo, instalo calderas de gasóleo en casas de pueblo y una noche de marzo de 2019, en una cena de cumpleaños, dije que sabía hacer paella.
No lo dije para presumir. Lo dije porque alguien preguntó quién la hacía, nadie contestó, y a mí las pausas largas en la mesa me ponen igual de nervioso que una caldera que no arranca. Dije «yo» y se giraron quince cabezas.
La primera la hice el 23 de junio, para seis, en la terraza de mi hermana. Compré la paellera esa misma mañana en un bazar y tuve el móvil con el vídeo abierto debajo de un paño de cocina durante hora y media. Salió comestible. Mi cuñado dijo que se notaba la mano. Yo asentí, que es lo que hace un hombre que no tiene mano.
Desde entonces hay una cada verano y nunca he conseguido que me sustituya nadie. Para seis aquella. Para nueve, al verano siguiente. Para once, el otro. Este agosto fuimos quince y hubo que juntar dos mesas de camping.
Lo que sí he desarrollado, y esto lo digo con cierto orgullo técnico, es una liturgia. Paso la mano abierta por encima del arroz, muy despacio, con la cara de quien lee el vapor. En realidad estoy mirando el reloj de la muñeca de abajo, porque el vídeo dice dieciocho minutos y yo no me acuerdo nunca de cuándo he empezado. También he prohibido que nadie se acerque a remover, con el argumento de que el arroz se asusta. El arroz no se asusta. Eso me lo inventé en 2021 y me ha funcionado cinco veranos.
He comprado un fuego de tres coronas, una paellera de cincuenta y cinco centímetros y un saco de diez kilos de arroz bomba que tengo en el garaje, al lado de las bombas de circulación. Lo del equipo no es vanidad: el equipo es la coartada. Nadie le pide explicaciones a un hombre con un fuego de tres coronas.
El problema llegó el 16 de agosto, y llegó de la única persona de la familia que no debía preguntar nada.
Oliva Pascual, cocinera del comedor de una fábrica de envases, cincuenta y un años, dos mil comidas a la semana, se levantó de la mesa con el plato en la mano, se puso a mi lado y me pidió la receta.
Se la di. Entera, de memoria, con los ojos un poco cerrados, parándome en los sitios donde se para la gente que sabe. Era palabra por palabra la del vídeo. Y para que no sonara a vídeo le añadí un paso que no existe: cuatro minutos de reposo sin tocarlo y sin taparlo, tres veces, antes de meter el pimiento.
Oliva la hizo el 11 de septiembre para ciento sesenta personas.
Ahora, en el menú de ese comedor, los jueves alternos, hay un plato que se llama «arroz a la Zuazo». Me lo ha enseñado en una foto. Lleva mi apellido impreso en un cartel laminado, debajo de la sopa de verduras.
Y esta mañana me ha llamado para decirme que la jefa de cocina quiere que vaya a explicarles el paso de los cuatro minutos, porque no lo entienden y porque es el único de los siete que no está en ningún libro.
Voy el jueves. He pedido el día libre en el trabajo y por fin me he aprendido de memoria los siete pasos, que es más de lo que puedo decir de los siete años anteriores. Si algún cocinero me pregunta por qué los recito con los ojos cerrados, le diré que es que el arroz se asusta.