Relato · Del catálogo de Margen
Maruja da tres presupuestos por nueve centímetros de tubo

—Esto no se arregla, Teodoro. Esto se cambia.
—Lo dices sin haberlo mirado.
—Lo digo porque lo tengo en la mano. Acércate. ¿Ves ese negro de dentro, ese espejo sucio que llega hasta el codo del tubo? Ese es el metal del electrodo, que se ha ido evaporando con el calor y se ha pegado al vidrio por dentro. Cuando un tubo se pone así, ya no hay gas que lo salve.
—Pues límpialo.
—No se limpia. Se abre el tubo, se le saca el gas, se corta el tramo malo, se dobla otro igual, se le sueldan dos electrodos nuevos, se bombea otra vez hasta dejarlo sin aire y se vuelve a llenar. Eso no es limpiar, Teo. Eso es hacerlo otra vez. Y sería la tercera.
—La tercera en nueve años tampoco es un escándalo.
—La tercera en nueve años en una pieza de nueve centímetros, con un rótulo que tiene cuatro metros y diez de tubo. Siéntate, que esto te lo voy a explicar una sola vez y luego decides tú.
—Siéntate tú, que llevas de pie desde las siete.
—Llevo de pie desde las seis y media. El rótulo de tu bar son seis letras grandes y una tilde. Todo eso va en serie, uno detrás de otro, alimentado por un transformador de nueve mil voltios y treinta miliamperios que está en la caja de encima de la puerta. Lo que ese aparato empuja por la Ñ de ochenta centímetros lo empuja igual por la tilde de nueve. Y a la tilde le sobra.
—¿Le sobra qué?
—Calor. Un electrodo de un tramo corto se calienta mucho más que el de un tramo largo, porque tiene menos tubo delante para repartir la faena. Se ensucia antes, se pone negro antes y acaba cortando antes. Lleva nueve años muriéndose a su ritmo y a su hora. Tres veces en nueve años es lo que aguanta esa pieza, y ni una más.
—Me suena a excusa de la que lo ha doblado.
—Pues te la voy a cobrar aunque te suene. Treinta años doblando tubo, Teodoro. Si yo supiera hacer una tilde de nueve centímetros que durara veinte años, estaría en Múnich y no en el polígono de Sobrado.
—Y yo llevo treinta y dos poniendo cañas y no me he muerto de ninguna.
—Tú tienes un oficio con agua. El mío va a setecientos grados.
—Dime lo que cuesta y nos ahorramos la clase.
—No, la clase es parte de lo que cuesta. Te la cuento con tres números y eliges uno. Primero: te doblo la tilde otra vez. Ciento noventa euros con los electrodos y la carga de gas, lo tienes el jueves y, por mi experiencia, aguanta hasta el invierno del veintisiete. A lo mejor hasta la primavera.
—Ciento noventa por nueve centímetros.
—Por nueve centímetros y dos horas de banco. El tubo vale menos que el café que te has tomado antes de venir. Lo que pagas es que yo me siente con el soplete y acierte dos curvas en una pieza del tamaño de un dedo sin pasarme de temperatura, porque si me paso, se cierra por dentro y a empezar.
—Vale. Segundo número.
—Segundo: le pongo a la tilde su propio transformador. Uno pequeño, de tres mil voltios, calculado para ese largo. Dejaría de sufrir y no se te volvería a fundir, o al menos no por esto. Trescientos cuarenta euros, más un agujero en la pared para pasar el segundo cable, más que vuelvas a llamar al electricista que te hizo la chapuza del toldo.
—Mi cuñado no es ningún chapucero.
—El del toldo fue tu cuñado, Teodoro.
—Es verdad. Tercer número.
—Cero euros.
—¿Cero?
—Cero. Quitamos la tilde y no la volvemos a poner. Te dejo la Ñ sola, tapo los dos agujeros de los electrodos con silicona negra y desde la calle se lee una N. De cerca se ve que ahí hubo algo. Te ahorras ciento noventa euros ahora y los que vengan detrás.
—Eso no es una opción, Maruja.
—Es la única que no te vuelve a traer aquí.
—Es mi bar. Se llama La Peña. Lo abrió mi padre en el setenta y nueve y se llamaba La Peña entonces y se llama La Peña ahora.
—Teo.
—¿Qué.
—Nadie lo llama La Peña.
—Perdona.
—Nadie. Desde hace nueve años, nadie.
—En mi barrio lo llaman La Peña todo el mundo.
—En tu barrio lo llaman La Pena. Lo llama La Pena hasta tu propio grupo de guasap, que se llama «Mus La Pena» y lo pusiste tú.
—Eso lo puso uno del mus.
—Lo puso uno del mus y tú no lo cambiaste en siete años, que es peor.
—Es un apodo. Los bares tienen apodos.
—Es el trofeo. Teodoro, el trofeo del campeonato de mus que patrocinas tú lleva una placa atornillada que dice «BAR LA PENA», sin tilde, desde el dos mil dieciocho. Lo sé porque fui yo a recoger la placa al grabador, en la calle Renteros, con la foto del rótulo en el móvil para que no se equivocara. Y copió exactamente lo que vio: la Ñ fundida. Volví con el trofeo, te lo puse en la barra y me dijiste: «de puta madre, Maruja». Y ahí sigue.
—Yo no leo los trofeos de mi propio bar.
—Nadie lee los trofeos de su propio bar.
—¿Y me lo has tenido ocho años callado?
—No te lo he tenido callado. Te lo he arreglado dos veces, y las dos veces te duró un verano. Arreglarlo es otra forma de callarse, y encima me pagabas por ella.
—Pues eso es exactamente lo que vas a hacer la tercera.
—No.
—¿Cómo que no? Te estoy dando trabajo.
—Me estás dando un trabajo que dentro de año y medio me vas a volver a dar, y las dos veces anteriores salí perdiendo yo. No por el dinero. Por la cara que me pones cuando se funde, que es la cara de que la culpa es mía.
—Es que un poco tuya es.
—Es de la física, Teo. Y un poco de tu padre, que en el setenta y nueve le encargó un nombre con tilde al hombre que llevaba este taller antes que mi suegro.
—Mi padre pagó lo que le pidieron.
—Tu padre pagó por nueve centímetros lo mismo que por la Ñ entera. Dos días de jornal del setenta y nueve, por un sombrero. Y nadie le avisó de que ese sombrero se le iba a fundir cada cuatro años. Eso no te lo puedo enseñar en ningún papel. Me lo contó mi suegro delante de este banco, y lo contaba riéndose.
—¿Me pones un café mientras lo pienso?
—Aquí no hay café, Teodoro. Hay una máquina con agua caliente y buenos recuerdos.
—Entonces dame un vaso de agua del grifo y déjame mirar el tubo un rato.
—Míralo todo lo que quieras. Pero no lo cojas por el codo.
—...
—¿Teo?
—Maruja, ¿tú cuánto me cobrarías por hacerme una N?
—¿Una qué?
—Una N. Una N limpia, del mismo tubo rojo, del mismo grosor, que entre en el hueco de la Ñ y que no parezca una Ñ a la que se le ha caído el sombrero.
—Sesenta euros. Hora y media de banco y un palmo de tubo.
—Pues hazme una N.
—Teodoro.
—Hazme una N, Maruja.
—Llevas veinte minutos diciéndome que tu bar se llama La Peña.
—Llevo veinte minutos esperando a que me lo dijeras tú.
—¿Que te dijera qué?
—Que nadie lo llama La Peña. Yo eso lo sé desde el dos mil dieciocho, lo sé desde el trofeo, me lo dijo mi hija en la cara el día de la comunión del pequeño. Pero si lo cambio yo porque me da la gana, soy el que se cansó del nombre de su padre. Y si lo cambio porque me lo ha dicho la rotulista de Sobrado, que es la que sabe de rótulos, entonces es una decisión técnica.
—Es una trampa, sí. Pero me la has hecho tú, que has sacado el trofeo.
—Yo he sacado el trofeo para que no me tiraras los ciento noventa euros a la cara.
—Y yo he venido con el tubo en la mano para que me dijeras que no tiene arreglo.
—Entonces te hago la N.
—Me haces la N. Y me la pones el jueves, antes de la liga, que el jueves viene el del grabador a jugar y quiero que lo vea.
—Hecho. ¿Y la placa del trofeo?
—La placa del trofeo está bien desde el dieciocho. Era el rótulo el que estaba mal.
—Teo, una cosa.
—Dime.
—Esto se va a saber en dos horas. ¿Qué les vas a decir?
—Que vine a arreglar la tilde y que la rotulista me explicó, con números, que una tilde de nueve centímetros en un circuito de cuatro metros no es viable. Que es un problema de ingeniería.
—Es verdad que no es viable.
—Ya lo sé que es verdad. Por eso funciona.
—Súbeme otra vez el tubo al banco, anda, que te enseño por dónde lo voy a cortar.
—Súbelo tú. Y cóbrame la tilde igual, Maruja, los ciento noventa enteros, que si el nombre me sale gratis no se lo va a creer nadie.